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La copa y la escalera: el pacto invisible de Tío Pepe

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En una de las bodegas más famosas de España ocurre algo que parece insignificante, pero dice mucho sobre la forma en que se entiende la tradición.

En Jerez de la Frontera, en las bodegas de Tío Pepe, cada día se deja una copa de jerez servida. No es para un visitante especial ni para un catador distinguido. Es para los ratones que viven allí desde hace generaciones. Junto a la copa, una pequeña escalera de madera les permite subir y beber sin dificultad.

La historia que cuentan los guías se remonta a una antigua leyenda de la bodega. Un día, un trabajador sorprendió a unos ratones bebiendo directamente de su copa de jerez. En lugar de espantarlos o castigarlos, tuvo una reacción inesperada. Pensó que no era justo que él pudiera disfrutar del vino cómodamente mientras ellos tenían que arriesgarse a caer o a ser descubiertos.

Así que al día siguiente construyó una diminuta escalera de madera y la colocó junto a la copa. Desde entonces, el gesto se repitió. Con el tiempo, dejó de ser una anécdota y se convirtió en una costumbre.

Hoy, esa copa y esa escalera siguen apareciendo como un pequeño símbolo dentro de la bodega. No porque los ratones la necesiten realmente, sino porque recuerda algo más grande: que las tradiciones no siempre nacen de grandes decisiones, sino de actos simples, casi invisibles, que mezclan humor, respeto y humanidad.

En un lugar donde el vino envejece durante décadas, también envejecen las historias. Y algunas, como esta, se conservan no por su utilidad, sino por lo que revelan sobre quienes las iniciaron.

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