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Por Luis Alberto Ramirez ()
MImai.- El anuncio de que el Consejo de Defensa Nacional aprobó “el paso al estado de guerra” provocó una avalancha de reacciones en las redes sociales. La pregunta fue inmediata y casi unánime: ¿cuándo Cuba no ha vivido en estado de guerra?
Desde hace décadas, la vida en Cuba ha estado marcada por una narrativa permanente de confrontación. Manifestaciones masivas obligatorias, discursos interminables cargados de épica bélica, trincheras a lo largo del litoral, túneles defensivos que convirtieron ciudades y pueblos en un colador subterráneo, y la repetición constante del concepto de “la guerra de todo el pueblo”. Todo eso forma parte del paisaje cotidiano desde hace más de medio siglo.
En ese contexto, al cubano no se le concibe como ciudadano, sino como combatiente. No hay espacio para pensar en vacaciones, en esparcimiento, en turismo, en proyectos personales o en una vida normal conectada con el mundo. El guion oficial solo admite palabras como guerra, resistencia, revolución y fusil. La televisión nacional no descansa en su tarea de arengar: patriotismo forzado, atrincheramiento permanente y sacrificio infinito.
Pero esta guerra no se libra solo en consignas. La vida diaria es una batalla constante: para conseguir comida, para bañarse cuando hay agua, para alumbrarse cuando hay electricidad. Sobrevivir se ha convertido en una forma de combate silencioso que no aparece en los partes oficiales, pero que desgasta más que cualquier enemigo externo.
Cuba funciona, en los hechos, como un campamento militar. Siempre en alerta, siempre preparándose para una guerra que “viene” desde hace 67 años y que nunca termina de llegar, pero que justifica todo: el control, la escasez, la represión y la ausencia de derechos. Un país donde la excepcionalidad se volvió normalidad y donde el “estado de guerra” dejó de ser una medida extraordinaria para convertirse en la esencia misma del sistema.
Por eso, cuando hoy se anuncia un nuevo paso al estado de guerra, muchos no sienten miedo, sino cansancio. Porque para millones de cubanos, la guerra no es un decreto: es la vida misma.