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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Está ocurriendo casi a diario: una crítica que no razona, que no refuta, que no prueba. Una crítica que no busca esclarecer, sino sembrar dudas. Una crítica sin argumentos, sin método, sin apellido. Crítica por la crítica. Frívola, rancia, torpe. Crítica desnuda que no construye, solo mancha.
No escribo desde la erudición de biblioteca ni desde el púlpito del dogma. Escribo como estudioso serio, pero atrevido. No me basta con describir un hecho: lo analizo, lo disecciono, lo confronto y, sobre todo, me atrevo a pensar. A sentar una tesis. A proyectar una explicación. Porque me interesa más el significado de un hecho que el hecho en sí mismo.
Así trabajo. No me aparto de la esencia del suceso. Lo divido en sílabas, lo giro, lo confronto, tomo notas y elaboro. Aplico las reglas del investigador moderno y dejo siempre una huella intelectual en quien me lee. Mis trabajos se publican en varios periódicos digitales y han ganado reputación precisamente por su seriedad y rigor: Patria de Martí, El Vigía de Cuba, Periódico Cubano y 14ymedio.
Pero junto al reconocimiento ha surgido la fauna inevitable: agentes de la tiranía, críticos sin cerebro, repetidores de consignas. Atacan sin refutar. Objeciones sin verdad. Acusaciones sin pruebas.
Les respondo, los confronto, los desarmo… desaparecen. Y regresan otros. Es una política sucia, propia de la ignorancia y la mala educación.
No debaten: embarran. No argumentan: envenenan. Y o piensan: repiten.
La crítica legítima es motor del pensamiento. La crítica sin rostro es solo lodo. Y el lodo, por más que se arroje, no logra sepultar a la verdad.