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Por Max Astudillo ()
La Habana.- La cifra es fría y oficial: treinta y dos. Treinta y dos oficiales, soldados o mercenarios cubanos muertos en suelo venezolano durante la fallida operación estadounidense para capturar a Nicolás Maduro. Otros, cuyo número el régimen de La Habana guarda bajo siete llaves, quedaron mutilados o heridos.
Mientras las pantallas mundiales se llenaban del estruendo de los combates en Caracas, un drama paralelo y silenciado se desarrollaba en las sombras: el de los soldados de fortuna de una revolución exportada que pagaron el precio más alto por una misión que nunca existió, según los partes oficiales cubanos. Su regreso a la isla, en aviones fletados con discreción, fue el primer acto de un funeral sin honra.
A su llegada, los recibió el séquito de siempre: generales de escritorio, burócratas del Partido y «vividores» de la nomenklatura, aquellos cuyo uniforme verde olivo nunca ha conocido el olor a pólvora real.
Ni el impuesto Díaz-Canel, ni el moribundo Raúl Castro—quien aún desde la penumbra ejerce el mando real sobre los aparatos de seguridad—se dignaron a aparecer. Es una ausencia que grita. Fueron ellos, desde sus despachos blindados en el Centro de la Habana, quienes mandaron a estos hombres al «picadero» venezolano, un teatro de operaciones infinitamente más letal que las calles cubanas donde esos mismos efectivos se entrenaron para reprimir a su propio pueblo.
La naturaleza de su presencia en Venezuela es el secreto a voces mejor guardado del continente. El gobierno cubano ha tejido una tela de araña de silencios, negaciones plausibles y eufemismos («colaboración», «asesoría») durante años. Pero la verdad es más cruda y antigua: son la columna vertebral del aparato de inteligencia, control territorial y represión del chavismo.
Fueron voluntarios, sí, pero voluntarios de un sistema que los adoctrina para ver al «enemigo» en todo disidente. Su error táctico fue no prever la velocidad y ferocidad de los operativos de fuerzas especiales como los Delta Force. Su error moral, mucho antes, fue haber intercambiado su lealtad por un sueldo en divisas y prebendas, ofreciéndose para hacer en Venezuela lo que ya practicaban en Cuba: la sofocación de la libertad.
La ley no escrita de los conflictos sombríos se cumplió con una crueldad de hierro: el que la hace, la paga. Y el precio es exponencial para quien ejerce el oficio de represor, aun cuando vista el uniforme de un aliado.
La pregunta que flota sobre los cadáveres es incómoda y reveladora: ¿qué piensa realmente Nicolás Maduro de ellos? Más allá de un frío y genérico «Happy New Year» televisado, el silencio del líder chavista ha sido absoluto. No ha habido reconocimiento estatal, ni condecoraciones póstumas, ni un discurso que eleve su «sacrificio» a la categoría de gesto heroico. Son, en la narrura oficial bolivariana, fantasmas incómodos.
El olvido es ya su epitafio. En Venezuela, una semana después, el ciclo noticioso gira en torno al precio del petróleo y al último ultimátum de Trump. La sangre cubana se secó rápido entre el asfalto caliente de Caracas y la agenda política.
En Cuba, el ritual fue patético: marchas estudiantiles forzadas, tribunas abiertas con consignas vacías y un paripé de recibimiento en el aeropuerto para consumo interno. Un espectáculo de cartón piedra para enmascarar una derrota. La duda ahora es cínica y práctica: ¿se acordará siquiera Díaz-Canel de ellos dentro de una semana, cuando los expedientes se archiven y las pensiones de las viudas encuentren «dificultades administrativas», si es que hay pensiones?
Esta historia, más allá de la geopolítica, encierra una reflexión elemental y brutal para los miles que aún sirven a la maquinaria castrista dentro y fuera de la isla: eres instrumental hasta que dejas de ser útil. Eres un héroe de propaganda hasta que tu muerte se vuelve un inconveniente diplomático.
Tu sacrificio se mide en divisas, no en honor. Y cuando caes en tierra ajena, por una causa que ni siquiera tu propio jefe de Estado osa nombrar, te conviertes en un dato estadístico, un secreto que enterrar y un gasto que justificar. El mensaje final, crudo y claro, es una advertencia para todo mercenario: alquilar tu lealtad a una dictadura no te hace un patriota; te convierte, en el mejor de los casos, en un problema logístico post mortem.