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No quiero estar en el pellejo de esos padres

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Por Oscar Durán

La Habana.- Tener un hijo cumpliendo el Servicio Militar en Cuba, hoy, es vivir con un nudo permanente en la garganta. No por una guerra real, sino por una mentira ensayada mil veces por la dictadura para justificar su propia miseria. El teatro del “ataque inminente de Estados Unidos” vuelve a escena como un mal chiste, pero esta vez con actores de carne y hueso: muchachos flacos, mal alimentados, sin preparación real y con más miedo que convicción.

Mientras los generales hablan de soberanía desde oficinas climatizadas, esos niños —porque no llegan ni a hombres— duermen en literas rotas, comen lo que aparece y reciben consignas en lugar de entrenamiento. El castrismo no defiende la patria, defiende su permanencia en el poder, y para eso siempre ha usado a los hijos de otros. Ninguno de los apellidos ilustres, ninguno de los herederos del clan, está pasando guardia con un fusil oxidado ni marchando bajo el sol como ganado.

La idea de enfrentar a un soldado estadounidense —profesional, entrenado, equipado— con reclutas que apenas saben desarmar un AK es, además de criminal, una burla macabra. Tres de esos soldados harían trizas a una unidad entera de conscriptos cubanos en minutos. Pero eso no importa al régimen. El muchacho muerto sirve igual que el vivo: para el discurso, para el mártir inventado, para seguir estirando la soga del miedo.

Los padres lo saben. Por eso no duermen. Porque entienden que su hijo no está “defendiendo la patria”, sino buceando sin oxígeno en la fosa de Batlle, esperando que alguien, desde arriba, decida si sube o se queda allá abajo. El Servicio Militar no es formación cívica ni deber moral; es una ruleta rusa administrada por incompetentes con poder.

Y lo más asqueroso de todo es la puesta en escena. Las alarmas, los partes, las consignas belicistas, todo para distraer al país del hambre, los apagones y el colapso total. Si algún día ocurre una tragedia, la dictadura no asumirá responsabilidades. Dirán que fue heroísmo, que fue sacrificio necesario. Pero ningún padre debería enterrar a su hijo para sostener una mentira. Y en Cuba, hoy, ese miedo es más real que cualquier guerra.

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