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Huecos ocultos, derrumbes súbitos

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Había algo devorando los barcos de madera mucho antes de que existieran los motores, los mapas completos y las grandes rutas comerciales.

No era una tormenta. No era un pirata. Y no era una guerra.

Era un animal diminuto.

En 1502, durante su cuarto viaje al Nuevo Mundo, Cristóbal Colón lo descubrió de la peor forma posible. Sus naves, detenidas en el Caribe, comenzaron a debilitarse desde dentro. La madera, que parecía firme desde el exterior, se estaba convirtiendo en polvo en silencio.

La causa eran los llamados “gusanos de barco”. No son gusanos en realidad, sino moluscos marinos que entran en la madera cuando aún son larvas y pasan el resto de su vida excavando túneles en su interior. Crecen lentamente, ocultos, alimentándose del propio casco que los protege… hasta que ya no queda nada que sostenga la nave.

Los antiguos ya los conocían. Egipcios, griegos y romanos cubrían sus barcos con brea y alquitrán para intentar protegerlos. A veces funcionaba. A veces no.

Durante siglos, los marineros intentaron todo. Llevar los barcos a ríos de agua dulce, porque los gusanos no sobrevivían allí. Navegar por mares fríos, donde no podían vivir. Cambiar rutas. Cambiar tiempos. Cambiar materiales.

Nada era completamente seguro. Porque el problema no era visible.

Un barco podía verse perfecto… y estar muerto por dentro.

La solución real llegó mucho más tarde, cuando se comenzó a recubrir los cascos con cobre. El metal no solo creaba una barrera física, sino que liberaba sustancias que los moluscos no podían tolerar. Por primera vez, la madera quedaba protegida de ese enemigo invisible.

Eso permitió viajes más largos, flotas más grandes y una expansión marítima que cambió el mundo.

Hoy los barcos ya no son de madera. Pero los gusanos de barco siguen existiendo. Y siguen atacando lo que aún está hecho del mismo material de siempre: muelles, pilotes, embarcaderos.

Desde fuera todo parece igual. Por dentro, puede estar vacío.

Y muchas veces, la primera señal no es un ruido ni una grieta. Es el derrumbe. Porque hay fuerzas que no atacan desde afuera, sino desde adentro… lenta, paciente y silenciosamente.

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