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Por Max Astudillo ()
La Habana.- En el circo demencial de las redes sociales, donde la credulidad campa a sus anchas y el escepticismo toma descansos prolongados, nació el personaje más improbable de la geopolítica caribeña reciente: Alexis «Cuco» Mendieta. Según el relato que incendió plataformas, este supuesto jefe de escuadra de los Delta Force había sido el cerebro y el puño detrás de la captura quirúrgica de Nicolás Maduro en Caracas.
Un nombre de opereta, un currículum de videojuego y una hazaña de película de serie B. Lo único real era el hambre de epopeya de un público sediento. Los cubanos, dentro y fuera de la isla, ávidos de cualquier narrativa donde alguien, aunque sea un fantasma pixelado, le diera una bofetada al autoritarismo, abrazaron al «Cuco» con fervor religioso. Lo compartieron, lo celebraron, le compusieron corridos virtuales. Fue el perfecto héroe de exportación: efectivo, anónimo y, sobre todo, indemostrable.
Detrás de esta creación sublime, como un prestidigitador que conoce los puntos flacos del alma colectiva, estaba el artífice: Siro Cuartel. Un nombre que suena a cuartel, pero que es todo lo contrario: un demoledor de cuarteles desde la trinchera digital.
Cuartel no vendió la noticia con el aburrido formato de la prensa tradicional; la inoculó con el virus perfecto: el meme, el tono de complicidad, el guiño de «esto es lo que no quieren que sepas». Su magia no estuvo en los efectos especiales, sino en pinchar el hemisferio derecho del cerebro de una nación exhausta, aquel donde residen los deseos más que los hechos. Convirtió una operación psicológica en un fenómeno de fe laica. El «Cuco» era, en esencia, el avatar de un anhelo: que, por una vez, la venganza histórica fuera rápida, limpia y ejecutada por un profesional.
La reacción del castrismo ante este fantasma fue tan predecible como deliciosamente patética. El aparato ideológico, que durante décadas había combatido enemigos tangibles, se vio forzado a desplegar su artillería contra un espejismo. El «Cuco» los volvía locos porque no podían encarcelarlo, ni desacreditarlo con un documental aburrido en la televisión estatal.
¿Cómo se combate a un personaje de internet? Mandando a sus agentes de opinión, esos «patriotas de teclado» con fotos de martillos y machetes de perfil, a intentar desmontar la farsa. El espectáculo fue surrealista: burócratas con estrella investigando perfiles de Twitter, sesudos analistas de la seguridad del Estado rastreando IPs para cazar a un dibujo animado.
Siro Cuartel, desde su anonimato, se había convertido en el látigo digital más efectivo, no por lo que decía de Cuba, sino por lo que hacía decir al gobierno sobre sí mismo: que puede ser puesto en jaque por un buen chiste.
El fenómeno reveló una verdad cruda: en la Cuba de hoy, la ficción tiene más poder aglutinador que cualquier discurso opositor real. Mientras los grupos disidentes se enredan en disputas de siglas y egos, un personaje de mentira unió, aunque fuera por 48 horas de éxtasis viral, a una parte significativa del país.
El «Cuco» era el héroe imposible que no pedía donaciones, no protagonizaba cismas y no negociaba con nadie. Era pura acción simbólica, y en un régimen donde la simbología lo es todo, fue un golpe maestro. La gente no lo creyó a pesar de ser inverosímil; lo creyó porque era inverosímil. Era tan ridículamente perfecto que tenía que ser cierto en un universo alterno, y ese era el universo en el que millones querían vivir.
Hoy, Siro Cuartel es más que un troll ingenioso; es una pesadilla logística para el Departamento Ideológico. Cada uno de sus posts es ahora sometido a un escrutinio paranoico. ¿Estará anunciando otra operación fantasma? ¿Estará creando otro héroe de ficción?
Han tratado de pintarlo de todo, menos de lo que es: un artista del engaño benévolo, que usa la carcajada como munición y el absurdo como táctica de guerrilla comunicacional. Que un tipo con un seudónimo y mucho ingenio tenga ocupados a ministerios enteros es, quizás, la metáfora más exacta del poder descentralizado en el siglo XXI. El castrismo sabe combatir a un disidente, pero no a un memero.
Al final, la historia del «Cuco» Mendieta deja una enseñanza gloriosamente cínica: cuando la realidad es tan dura que no se puede digerir, la audiencia prefiere tragarse una fábula heroica, aunque sea con un cloro de duda.
Siro Cuartel no vendió una noticia falsa; alquiló un sueño de justicia a bajo costo. Y en una nación donde los héroes de carne y hueso o mueren o emigran, un fantasma con nombre de personaje de telenovela y currículum de Marvel puede convertirse, aunque sea por un tuit, en el libertador más popular.
La revolución será digital, o no será; pero la contrarrevolución, al parecer, puede ser un chiste tan bien contado que hasta los generales se lo creen.