Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Mbappé, entre el dolor y la gloria

Comparte esta noticia

Por Yoyo Malagón (Enviado especial a la final de la Supercopa de España)

Yeda.- El avión privado se posó en la pista de Yeda como un halcón cansado pero puntual. A bordo, la mercancía más valiosa del fútbol mundial: una rodilla izquierda y la voluntad férrea de su dueño. Kylian Mbappé aterrizaba en Arabia Saudí rozando la medianoche local, con la final clavada en la retina y un esguince bailando en la articulación. No llegaba como turista ni como estrella de folleto. Llegaba, sencillamente, como un jugador que escucha un partido llamar a su puerta y no concibe no abrirla. Con hambre. Con esa luz peligrosa en la mirada.

El plan, frío y calculado como un diagrama táctico, está escrito. Mañana, a las 20:00 bajo el sol ya menguante, el Complejo Rey Abdullah será su juicio particular. El balón, el césped, los impactos sutiles y los giros bruscos serán los jueces. Una prueba de algodón en toda regla, sin margen para el engaño. Allí, rodeado de compañeros y bajo la lupa ansiosa de Xabi Alonso, Mbappé buscará convencer a su propio cuerpo. Nada está garantizado. La decisión, un veredicto médico y deportivo, se sellará el sábado. Pero él ya ha emitido su primer voto: el de las cinco horas de vuelo.

“Salam Alaikoum”, tuiteó al pisar tierra. Un saludo de cortesía que sonaba a declaración de guerra. Podría haber volado antes, podría haber entrenado hoy con el grupo. Prefirió la opacidad estratégica: una sesión en la intimidad de Valdebebas esta misma mañana, lejos de miradas indiscretas, y luego, directo al avión que lo depositaría en el lujo del Hilton de Yeda, a orillas de un Mar Rojo que poco le importa. Este no es un viaje de placer, es una misión logística de altísima precisión.

La sombra que lo persigue tiene un nombre propio: el 7 de diciembre contra el Celta. De ahí, de un gesto inocente, brotó este molesto esguince que lo ha convertido en un hombre de cristal durante un mes. Ha jugado incómodo, renqueante, ausente ante el City, aparcado en el derbi por riesgo extremo. Su participación en esta final llegó a pintarse de un negro improbable. Pero Mbappé es también un negociador con los límites de su propia carne. Y estas últimas horas, la carnes ha dado señales de tregua. Sensaciones buenas. Un resquicio.

Por eso está aquí. No para hacerse la foto, no para cumplir el expediente. Está aquí para intentarlo. Para poner sobre la mesa esa combinación de talento sublime y terquedad infantil que le define. La rodilla es un dato. Su voluntad, una fuerza de la naturaleza. El club contiene la respiración, la afición aguarda un milagro, los médicos miden milímetros y grados de inflamación. Y él, Kylian, solo piensa en el balón, en el clásico, en el ruido del estadio.

Ya está en Yeda. La ciudad bulle con el rumor del clásico mundial. Mbappé descansa ya, o eso dicen, entre las sábanas de un hotel de lujo. Pero su mente debe de estar en un campo de entrenamiento, imaginando cada sprint, cada finta, cada disparo. Mañana, el algodón no mentirá. Mañana, se sabrá si la leyenda puede añadir un capítulo de superación o si, por una vez, el cuerpo le dice que no. El tiempo se acaba. La final aguarda. Y la rodilla tiene la última palabra.

Deja un comentario