Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Violencia, mito y condición humana

Comparte esta noticia

Por Datos Históricos

La Habana.- Algunas tribus Lakota sumergían las puntas de flecha en estiércol para hacer las heridas más letales. La lógica detrás de esa idea es comprensible desde un punto de vista biológico: el estiércol contiene bacterias que, al entrar en una herida profunda, podían provocar infecciones graves, sepsis y, en una época sin antibióticos ni cirugía moderna, una muerte lenta pero casi inevitable.

Sin embargo, los historiadores debaten hasta qué punto esta práctica fue real, sistemática o generalizada entre los pueblos Lakota. No existe evidencia concluyente de que fuese una técnica común, aunque sí está documentado que muchas sociedades premodernas, en distintos continentes, comprendían de forma empírica que ciertas sustancias empeoraban las heridas.

Lo que sí está bien documentado es que la guerra entre tribus indígenas de América del Norte podía ser extremadamente violenta.

Antes de la llegada europea, y también durante los siglos posteriores, hubo conflictos prolongados entre pueblos como los iroqueses, los hurones, los sioux, los pawnee, los cheyenne y muchos otros. Estos conflictos no eran simples escaramuzas, sino campañas organizadas que incluían ataques a aldeas, asesinatos masivos y la toma de cautivos.

Entre los iroqueses y los hurones, por ejemplo, existen abundantes registros de torturas rituales a prisioneros varones. Estas podían durar horas o incluso días e incluían amputaciones, quemaduras y otras formas de mutilación. Paradójicamente, algunos cautivos que demostraban una resistencia excepcional podían ser adoptados por la tribu vencedora e integrados en ella como sustitutos simbólicos de familiares muertos.

La mutilación corporal también tenía un componente ritual y simbólico. Prácticas como el arrancado del cuero cabelludo, el corte de dedos, narices u otras partes del cuerpo no solo tenían un propósito de humillación o castigo, sino que en algunas cosmovisiones se creía que incapacitarían al enemigo en el más allá.

El hombre que suele aparecer en fotografías asociadas a este tema es Robert McGee, un colono estadounidense que sobrevivió a un ataque sioux en 1864. Recibió disparos, flechazos, heridas de tomahawk y fue despojado del cuero cabelludo, pero logró vivir varios años más. Su caso es excepcional precisamente porque la mayoría de las personas no sobrevivían a ese tipo de violencia.

Nada de esto convierte a unos pueblos en “buenos” y a otros en “malos”. Muestra algo más incómodo: que la violencia extrema, la crueldad ritual y la deshumanización del enemigo no son rasgos exclusivos de una cultura, una época o un continente.

Son rasgos humanos.

Y la historia, cuando se mira de frente, rara vez es cómoda.

Deja un comentario