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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Lo declarado por Manuel Marrero no es torpeza ni exceso retórico: es vileza consciente. Un ejercicio obsceno de manipulación, propio de un burócrata camaleónico que ha hecho de la obediencia ciega su única ideología.

Hablar de “todas las capacidades movilizativas disponibles” en un país exhausto, hambriento y a oscuras no es liderazgo: es sadismo administrativo. Marrero no convoca al pueblo; lo arrastra. No moviliza convicciones; explota el miedo, la dependencia y la inercia. Cada marcha que anuncia no es un acto político, sino una coreografía de la humillación.

Comparar estas marchas con el caso Elián o con “Los Cinco” delata el método: reciclar emociones pasadas para tapar fracasos presentes. El régimen ya no crea símbolos; los reutiliza como cartón mojado, como los mismos carteles que Marrero confiesa sin pudor que volverán a sacar del almacén. La revolución, reducida a un almacén de consignas viejas.

Cuando afirma que “un pueblo que marcha no se dispersa”, dice la verdad sin querer: un pueblo obligado a marchar no piensa, no reclama, no se rebela. La marcha no es expresión de unidad, sino mecanismo de control social, una forma primitiva de vigilancia colectiva: contar cuerpos, medir obediencia, recordar quién manda.

Y lo más repugnante llega cuando admite —con la frialdad de un contable del desastre— que las marchas servirán para desviar la atención del colapso eléctrico, del agua inexistente, del transporte destruido, de los hospitales sin insumos y de la comida que no llega.

Esa frase lo desnuda por completo. No gobiernan para resolver problemas; gobiernan para taparlos. No buscan bienestar; buscan distracción.

¿“Rescatar compañeros de las garras del imperialismo”? No. Lo que Marrero intenta rescatar es la narrativa en ruinas del poder, la coartada internacional de una dictadura que ya no puede explicar por qué su pueblo vive peor cada año. Maduro y Cilia no son prioridad nacional; son cómplices ideológicos. Y Cuba no es solidaria: es rehén de su propio cinismo.

Este discurso no es patriotismo. Es burla cruel. No es internacionalismo. Es servilismo. No es movilización. Es coacción maquillada.

Manuel Marrero no habla como primer ministro de una nación soberana, sino como capataz de una plantación política en decadencia, administrando cuerpos cansados para sostener un relato muerto.

La historia no absolverá estas palabras. Las archivará como prueba. Prueba de que cuando ya no queda pan, ni luz, ni futuro, al régimen solo le queda poner a marchar a los hambrientos… para que no miren al frente

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