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Por Luis Alberto Ramírez
Miami.- El régimen de La Habana no solo ha sido racista con la población negra; ha sido, en esencia, excluyente con los propios cubanos. Esa no es una desviación coyuntural ni una suma de errores administrativos: es parte de su naturaleza. Un legado negado que dejó Fidel Castro y que hoy continúa reproduciéndose bajo nuevas formas, con viejos argumentos.
Cuba es, en términos demográficos y culturales, un país mayoritariamente negro y mestizo. Diversos estudios sitúan en torno al ochenta por ciento de la población a quienes son negros o descendientes directos de africanos. Sin embargo, basta con observar la composición de la Asamblea Nacional del Poder Popular y de las altas esferas del poder para comprobar una caída estrepitosa de esa representación. El contraste no es casual ni inocente: revela un racismo estructural que filtra el acceso al poder político, económico y simbólico.
Pero la discriminación en Cuba nunca fue solo racial. También se discriminó por religión, por orientación sexual y, de manera particularmente cínica, por el simple hecho de ser cubano. Durante años, a los nacionales se les prohibió entrar en hoteles y consumir en tiendas reservadas para turistas. La ciudadanía quedó convertida en una categoría de segunda dentro de su propio país. Cuando una periodista preguntó a Fidel Castro por esa exclusión, la respuesta fue tan reveladora como brutal: “Eso es un sacrificio que tiene que hacer el pueblo. Es un concepto revolucionario que usted no lo podría entender”. En una sola frase quedó sintetizada la lógica del sistema: el sacrificio siempre recaía en los mismos.
El reciente caso de discriminación racial ocurrido en la Fábrica de Arte Cubano (FAC) vuelve a poner este problema sobre la mesa. El joven Alejandro Bridón Mesa denunció públicamente que se le negó la entrada al centro cultural junto a dos amigas, pese a cumplir con los requisitos establecidos. Según su testimonio, todas las personas que entraban antes que ellos eran blancas o extranjeras. La reacción institucional fue predecible: negar el carácter estructural del hecho, reducirlo a una “arbitrariedad” personal del portero y desviar la atención hacia una supuesta manipulación política.
Lo significativo no es solo el acto discriminatorio en sí, sino la forma en que salió a la luz. Se supo porque hubo una denuncia en redes sociales y porque el revuelo fue imposible de contener. En los tiempos de Fidel Castro, ese episodio habría quedado sepultado en el silencio; no se habría enterado nadie, quizá ni el propio portero. La diferencia no es de naturaleza moral, sino de contexto tecnológico y social.
En Cuba, la discriminación ha sido presentada como un “concepto revolucionario”: no solo origen, sino meta. Hoy, cuando la separación de clases se ha profundizado como nunca, ese racismo estructural se vuelve aún más visible. Una migaja de pan más grande que otra marca la frontera entre la pobreza y la riqueza; entre el acceso y la exclusión; entre ser visible o descartable.
Negar esta realidad no la hace desaparecer. Al contrario, la consolida. El racismo y la discriminación en Cuba no son anomalías del sistema: son parte de su diseño. Y mientras se sigan justificando como sacrificios necesarios o errores individuales, seguirán reproduciéndose con la misma naturalidad con la que el poder se mira al espejo y se niega a sí mismo.