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Por Jorge L. León

Houston.- Desmantelar mitos no es un ejercicio retórico: es un acto de liberación. El mito político no nace de la verdad, sino de la necesidad del poder de fabricar epopeyas donde no existen méritos. Es una construcción artificial que engendra reverencia, fanatismo y obediencia ciega. Allí donde el mito prospera, la razón retrocede y el pueblo abdica de su juicio.

Uno de los casos más extremos y grotescos de mitificación forzada lo ofrece Kim Il-sung, fundador de la llamada República Popular Democrática de Corea del Norte. A este personaje se le atribuyeron, sin rubor alguno, hazañas imposibles: la autoría de más de 1,500 libros, la creación de una ideología “infalible”, victorias militares inexistentes y, finalmente, una condición cuasi divina. La propaganda oficial lo presentó como estratega supremo, poeta, filósofo, padre eterno de la nación y ser providencial. El resultado fue una sociedad atrapada en un culto religioso al líder, donde el servilismo no es una desviación moral, sino una obligación vital.

Este caso es el más connotado, pero no el único.

En escalas distintas, Hitler y Mussolini también fabricaron mitologías personales: el primero como redentor humillado de Alemania, el segundo como heredero moderno del Imperio Romano. Ambos explotaron símbolos, gestos teatrales, discursos grandilocuentes y una propaganda sistemática que sustituyó hechos por emociones. Sus mitos no resistieron el peso del tiempo, pero antes de caer arrastraron naciones enteras a la ruina y al crimen.

Con estos antecedentes, entremos en el mito que aún hoy intoxica la comprensión histórica de Cuba: Fidel Castro.

El mito Fidel Castro

Se nos presentó como abogado brillante —cuando nunca ganó un caso relevante—, como héroe del Moncada —cuando no lideró la acción armada y llegó tarde al combate—, como estratega militar —cuando sus decisiones produjeron derrotas, purgas y desastres—, como genio político —cuando su legado es un país devastado.

El mito necesitó inflarse con cifras grotescas: más de 600 supuestos atentados, ninguno documentado con pruebas sólidas, ninguno con huellas verificables, ninguno con consecuencias reales. Una cifra diseñada no para informar, sino para sacralizar. El mensaje era claro: “si tantos quieren matarlo, debe ser indispensable”.

Se le atribuyó una inteligencia suprema, pero esta jamás se tradujo en prosperidad, estabilidad o desarrollo. Al contrario: su “genialidad” se reflejó en cientos de fracasos económicos, en la destrucción de la agricultura, en la dependencia crónica del subsidio extranjero, en la ruina industrial y en una política exterior aventurera que sacrificó miles de vidas cubanas sin beneficio alguno para la nación.

Su famosa “capacidad de debate” fue, en realidad, una habilidad para el monólogo, la evasión y la descalificación. Nunca respondió la pregunta esencial: ¿por qué, después de décadas de poder absoluto, Cuba terminó peor que antes? Porque el mito no dialoga; impone.

Detrás del relato épico quedó el hombre real: caprichoso, ególatra, impertinente, incapaz de aceptar límites, obsesionado con su imagen y con el control total. No un estadista, sino un usurpador del destino nacional.

El daño del mito

Insisto en este punto porque el engaño del mito ha minado profundamente la comprensión histórica de Cuba. Fidel Castro no fue un gran hombre de Estado mal entendido; fue un fracaso sostenido revestido de épica obligatoria. Su paso por la historia significó dictadura, represión, retroceso material, éxodo masivo y miseria extrema.

Cuba, como consecuencia directa de su gestión, retrocedió más de dos siglos en términos de bienestar y autonomía ciudadana. La hambruna no es un accidente: es el resultado lógico de un modelo construido sobre la mentira.

Quitada la máscara, ¿qué queda?

Nada.

Discursos interminables, consignas vacías, estadísticas manipuladas y una montaña de promesas incumplidas. El mito se sostuvo por la fuerza, por el miedo y por la repetición constante de la mentira.

Asi las cosas .

Cuba debe despertar. Fidel Castro fue el fraude político más monumental del siglo XX en América Latina. No un libertador, sino un mito impuesto; no un visionario, sino un obstáculo; no un constructor, sino un destructor sistemático de la nación.

Desmontar el mito no es odio: es higiene histórica.

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