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Por Carlos Crballido
Dallas.- Lo había visto alguna que otra vez en las calles de mi pueblo. Un rostro repetido en el paisaje urbano, uno más.
Hoy me lo tropiezo en el tren. Subió en la estación de Rowlett en medio de un atardecer cálido y atípico para el invierno de Texas, como si incluso el clima estuviera fuera de lugar.
Con la mirada perdida soltó sus bultos y se dejó caer a dormir en el asiento más cercano a la puerta. No se sentó: cayó rendido. El tren accionó las campanas reglamentarias y comenzó el viaje, puntual, eficiente, ajeno.
Podía sentirse el olor a varios días sin ducharse. Su sobrepeso mezclaba sudor viejo con visibles costras de churre adheridas a la piel, marcas de abandono prolongado. No provocaba asco. Provocaba culpa.
Tenía rasgos duros, de esos que delatan una vida de trabajo físico: quizá construcción, quizá carretera. Manos grandes, uñas castigadas, la barba descuidada no por moda sino por renuncia. No era un loco. No parecía un adicto en plena crisis. Era algo peor: un derrotado funcional, uno de esos que el sistema ya dio por amortizados sin necesidad de firmar ningún papel.
Llegó mi estación y vi que él también se disponía a bajar. Recogió su bulto con torpeza, quizá por la mala postura en la que durmió. Se dio cuenta de que estorbaba mi paso, pero me le adelanté:
—You’re good, go ahead, man.
Me agradeció sin palabras: una mirada vacía y una mueca que quiso ser sonrisa. Olía a demonios, el pobre, pero mi maldita lengua y esa estúpida costumbre de querer saber historias me volvieron intrépido con un tipo de persona de la que nunca sabes cómo va a reaccionar.
Ya en el andén, caminó cerca de mí. Y entonces solté la frase, consciente del riesgo:
—If you don’t mind me asking… what’s your history?
Sabía que aquello podía abrirlo o mandarme al demonio.
—Lost my job, then my place. Divorce, medical bills… things piled up.
Sin levantar la vista del suelo, cerró el tema como quien baja una persiana:
—I was doing fine until I wasn’t.
Lo vi caminar en dirección a Austin Center ( homeless shelter). Es posible que hoy tenga una ducha y algo de comida caliente antes de regresar a su cama, que no es otra cosa que un tren de ida y vuelta hasta Rowlett. No dará vueltas entre sábanas. Solo bajará de estación para tomar el próximo y dormitar sobre un asiento plástico.
Ni siquiera le pregunté su nombre. Cuando un hombre pierde todo, lo primero que le quitan es eso: el derecho a ser recordado.
Solo sé que nos pasamos la vida quejándonos aun teniendo techo y sábanas limpias. Aun bebiendo café caliente.
Agradecer ya se nos olvidó. Mientras….. otros siguen subiendo y bajando del tren. O aprendiendo a llamar hogar al espacio que queda bajo un puente.