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Por Datos Históricos
La Habana.- Flora Klein no contó su historia. No habló de los campos. No describió el horror.
Regresó en silencio. Tenía diecisiete años cuando fue deportada. Perdió a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos, a su vida anterior. Salió sola. Herida. Pero viva. Y para ella, eso fue suficiente.
En 1949, en Israel, tuvo un hijo. Lo llamó Chaim Witz. No había dinero. No había estabilidad. Solo una nueva vida que proteger.
Luego vino Estados Unidos. No como promesa, sino como distancia. Una forma de poner océanos entre ella y los recuerdos.
En Nueva York trabajó en una fábrica. Jornadas largas. Pocas palabras. Un apartamento pequeño. Un hijo al que criar.
No enseñó con discursos. Enseñó con actos.Trabaja. Resiste. Sé agradecido. No te rindas.
Ese niño lo vio todo. Y lo absorbió. Con el tiempo se llamaría Gene Simmons, cofundador de la banda Kiss. Luces, fuego, escenarios gigantes. Pero él siempre dijo que todo lo que era venía de una sola persona: su madre. De su fuerza. De su disciplina. De su manera de seguir de pie cuando todo se había derrumbado.
Flora nunca buscó reconocimiento. Nunca dio entrevistas. Nunca convirtió su sufrimiento en relato público. Lo transformó en algo más difícil y más valioso: una vida nueva.
Cuando murió en 2018, su hijo la llamó su heroína. Dijo que había caminado a través de la oscuridad y había salido de ella no con odio, sino con un bebé en brazos.
Flora Klein no buscó la fama. La hizo posible. Con silencio. Con valentía. Con amor.