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Por Javier Pérez Capdevila
Guantánamo.- En Cuba, la crisis económica no solo vació los mercados: vació los hogares. Muchas familias aprendieron a vivir con silencios donde antes había risas y con sillas ocupadas por ausencias. Emigrar no fue un sueño, fue una urgencia. Cada despedida en un aeropuerto fue una herida abierta que aún no cierra. Porque cuando un país obliga a elegir entre quedarse o vivir, siempre pierde la familia. Y una sociedad que separa a sus familias, se empobrece para siempre.
Las familias cubanas hoy viven partidas en dos realidades. Unos sobreviven dentro del país, otros resisten desde fuera con culpa y nostalgia. El dinero llega, pero el abrazo no. Las videollamadas no sustituyen la presencia, ni los audios calman el vacío. La crisis convirtió el amor familiar en algo a distancia. Y ninguna realidad es sana cuando obliga a amar por pantalla.
Abuelos que envejecen esperando una llamada, padres que luchan solos, hijos que aprenden demasiado pronto lo que es la ausencia. La economía rompió la rutina familiar: ya no se comparte el café ni la vida diaria. Se comparte la preocupación. La crisis no solo quitó recursos, quitó tiempo juntos. Y el tiempo que una familia no vive, no se recupera jamás.
Para quien emigró, cada logro tiene un sabor agridulce. Se avanza profesionalmente mientras se retrocede emocionalmente. Se gana estabilidad, pero se pierde cercanía. La crisis obligó a elegir entre progreso y presencia. Y esa elección deja marcas invisibles. Porque ningún éxito compensa no estar cuando más te necesitan.
La verdadera crisis cubana no es solo económica: es sentimental. Familias divididas, vidas en pausa, reencuentros aplazados. Aun así, el amor resiste. Cruza fronteras, husos horarios y obstáculos. Cuba es hoy un país con familias separadas físicamente, pero unidas por la esperanza. Porque cuando el amor sobrevive a todo, se entiende que la familia no falló; falló la realidad que la obligó a separarse.
Al final, queda el amor que resiste la distancia, las videollamadas que sustituyen abrazos y las lágrimas que no salen en público. Cuba duele más cuando se ama desde lejos, pero ese amor —terco y fiel— es lo único que aún nos mantiene como familia.