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Por Redacción Nacional
La Habana.- La Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC) aprovechó su mensaje de Navidad para lanzar un llamado que, aunque envuelto en lenguaje pastoral, vuelve a tocar nervios muy sensibles de la realidad nacional.
Los prelados exhortaron a los cubanos a ser “sembradores de esperanza” y a trabajar por la construcción de “una Cuba nueva y mejor”, en un país donde la palabra esperanza lleva rato golpeada por la escasez, el cansancio y la emigración masiva.
En su pronunciamiento, los obispos no pasaron por alto el contexto social y humano que marcará estas fiestas. Reconocieron que será una Navidad difícil para muchas familias, especialmente a las afectadas por el huracán Melissa en el oriente cubano, aunque subrayaron la solidaridad recibida por los damnificados.
Desde ahí, insistieron en la necesidad del diálogo, de “dar la mano” y de “construir puentes en lugar de muros”, en clara alusión a un clima interno marcado por la confrontación y la intolerancia.
La COCC retomó, además, ideas expuestas en su mensaje navideño de 2020, asegurando que aquellas “buenas noticias” siguen teniendo plena vigencia cinco años después. Entonces —recordaron— hablaron del anhelo de cambios pacíficos, de que el agobio por conseguir alimentos se transforme en un compartir sereno en familia, y de que los reajustes económicos permitan a los cubanos sostener a los suyos con un trabajo digno, salario suficiente y justicia social, una deuda aún pendiente.
Los obispos también abogaron por desterrar la violencia, el insulto y la descalificación, y por abrir paso a una pluralidad sana basada en el diálogo y la negociación entre quienes piensan distinto. En aquel mensaje reclamaron el cese de “todos los bloqueos, externos e internos”, la liberación de las fuerzas productivas y leyes que favorezcan la iniciativa individual, además de un país donde nadie tenga que buscar fuera lo que debería encontrar dentro.
El pronunciamiento eclesial se produce en medio de una crisis económica que ya supera los cinco años y que ha provocado un deterioro acelerado de los servicios básicos: apagones prolongados, hospitales sin insumos, déficit de transporte, problemas con el agua, escasez de alimentos, medicamentos y combustible, inflación desbordada y una migración que no da tregua. En ese escenario, el mensaje de la Iglesia vuelve a funcionar como un espejo incómodo: habla de esperanza y puentes, mientras la realidad diaria sigue empujando a miles de cubanos a sobrevivir —o a irse— como única alternativa.