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Por Jorge L. León
Houston.- Los defensores del régimen cubano repiten, con obstinación casi religiosa, que la Revolución garantiza educación y salud gratuitas. Lo dicen como si fuera una verdad revelada, incuestionable. Sin embargo, pocas afirmaciones resisten tan mal un análisis serio como esta. No solo es falsa: es una de las estafas políticas y económicas más grandes del siglo XX y lo que va del XXI.
En Cuba nada es gratis. Todo se paga antes, y muy caro, por el propio ciudadano.
Tomemos el caso de un profesional: un médico, un ingeniero, un profesor universitario. Durante décadas, su salario mensual fue de 200 a 300 pesos cubanos. Tras el desastre monetario provocado por el gobierno —la llamada “Tarea Ordenamiento”— esos salarios se “ajustaron” a 4 000 o 6 000 pesos, lo que equivale, al cambio real, a 13 o 16 dólares mensuales.
Esa cifra no paga ni una semana de vida digna.
Ni alimentación.
Ni transporte.
Ni medicinas.
Ahora comparemos: en cualquier país funcional, el trabajo de un médico o un ingeniero vale entre 5,000y 7, 000 dólares mensuales, como mínimo. La diferencia no es un error contable: es un robo institucionalizado.
El Estado cubano no paga el trabajo del profesional. Le entrega apenas una fracción simbólica y confisca el resto del valor real de su fuerza laboral. Ese despojo es permanente, sistemático y legalizado. Y con el producto de ese robo, el régimen luego proclama que ofrece “educación y salud gratis”.
El mecanismo es perverso y simple: primero te quitan casi todo tu salario, luego te devuelven una parte mínima, finalmente te dicen que te la están regalando. Eso no es gratuidad. Eso es expolio.
La educación cubana, además de obsoleta y politizada, es sostenida con salarios de hambre. Cada aula en ruinas, cada maestro mal pagado, cada programa ideológico obligatorio es financiado por el sacrificio forzado de millones de trabajadores.
El cubano paga su educación durante toda su vida laboral, no con impuestos transparentes, sino con la mutilación de su salario y la negación de oportunidades reales. Y aun así, recibe una formación que no compite en calidad, que no estimula el pensamiento crítico y que no garantiza futuro profesional alguno.
La salud cubana es otro pilar del fraude. Hospitales sin insumos, médicos agotados, pacientes sin medicamentos, familiares obligados a llevar desde una sábana hasta una jeringuilla. Todo mientras el Estado exporta médicos como si fueran mercancía y se queda con el 70, 80 o hasta el 90 % de su salario.
El ciudadano paga esa “salud gratuita” con hambre, con abandono, con deterioro físico y con años de vida perdidos. La gratuidad se convierte así en una condena.
El régimen cubano no es un Estado benefactor. Es un Estado depredador. Vive de empobrecer a su población, de confiscar su trabajo y de rebautizar el saqueo como justicia social.
Por eso la educación y la salud cubanas, aun siendo de baja calidad, figuran entre las más caras del mundo: porque se pagan con salarios robados, con vidas truncadas y con una economía destruida.
Nada es gratis cuando todo ha sido quitado antes. Cuba no solo es una dictadura política. Es un Estado fallido, sostenido por la mentira, la manipulación semántica y el miedo.
Y la supuesta gratuidad es su fraude más antiguo y más rentable.