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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Hay un sonido que los tiranos no pueden silenciar con decretos. No es el estampido de un fusil, ni el rugido de una turba. Es algo más doméstico, más íntimo y por eso más temible: el clang, clang, clang de una cuchara contra el fondo de una olla vacía. En la oscuridad de la noche, ese ruido deja de ser una queja. Se convierte en un latido. El latido colectivo de un pueblo que ha dicho «basta» y ha elegido, como única arma, el eco de su propia miseria. Piensan que es ruido. Pero en realidad, es el sonido de los cimientos rajándose.
La historia no la escriben solo los ejércitos. La escriben, muchas veces, las amas de casa en los balcones. En Chile, bajo la sombra de Pinochet, el cacerolazo fue el grito de los que no tenían voz. Comenzó como un rumor lejano en las poblaciones y terminó siendo el tambor que anunció el fin del miedo. Cada golpe era un «no» que se multiplicaba. No fue la bala, sino la cacerola, la que demostró que la dictadura estaba sola, rodeada por el sonido metálico de su propio fracaso. Años después, en Venezuela, el mismo repique nocturno se volvió la banda sonora de la resistencia contra el chavismo. Era la prueba de que, incluso sin medios, sin líderes visibles, el descontento podía llenar el cielo y hacer temblar los vidrios de Miraflores.
Más cerca, en Nicaragua, el régimen de Ortega aprendió a temer ese concierto de hierro. Los nicaragüenses salían a sus portales y, coordinándose por redes que el estado no podía controlar, llenaban la noche de un estruendo que no venía de ninguna fábrica, sino de sus propias cocinas. Era la prueba física de que el control se les escapaba de las manos. Que puedes apagar una emisora, pero no puedes apagar diez mil cazuelas sonando a la vez. Es el sonido de la sociedad civil despertando y tomando la calle, metro a metro, decibelio a decibelio.
El truco está en la noche. De día, el miedo tiene forma de uniforme, de patrulla, de lista. De noche, la sombra iguala. El sonido viaja más lejos, se hace fantasmal, imposible de localizar. ¿Quién toca? ¿El vecino? ¿Toda la manzana? ¿La ciudad? Esa incertidumbre paraliza al represor. En Cuba, con sus apagones eternos, la noche es más oscura que en ningún lado. Es el escenario perfecto. Cada corte de luz no es una derrota; es una invitación. Una invitación a convertir la oscuridad impuesta en una pantalla donde proyectar, con sonido, la propia rabia.
Por eso les aterra. Porque un mitin se disuelve con una carga. Un panfleto se confisca. Un líder se encarcela. Pero, ¿cómo encarcelas un sonido que surge de mil puntos a la vez? ¿Cómo amenazas a un pueblo que te habla con el lenguaje de sus ollas vacías? Es la protesta perfecta: no tiene jerarquía, no tiene dirección central, no necesita permiso. Solo necesita hambre, dignidad y un trozo de metal. El régimen cubano puede tacharla de «golpismo ruidoso» en Granma, pero en sus oficinas oscuras, saben la verdad. Esa es la música que precede al derrumbe.
Así que, cubana, cubano, escucha: esa cazuela que usas para hacer el arroz con lo poco que hay, puede ser el instrumento que empiece a cambiar todo. No esperes órdenes. No esperes un líder. Sálvate tú, salvando el sonido. La próxima vez que se vaya la luz, no te quedes en la queja. Acércate a la ventana. Mira la oscuridad que te han regalado. Y responde. Responde con el único recurso que no te han podido quitar: el ruido de tu dignidad. Que el clang, clang, clang de La Habana se encuentre con el de Santiago, con el de Camagüey, con el de una Isla entera que ya no aguanta más. No es solo hacer ruido. Es decirles, en el idioma universal de los que nada tienen: «Aquí seguimos. Y vamos por todo». La historia de la libertad, a veces, no se escribe con tinta. Se escribe a cacerolazos.