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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
Houston.- La Doctrina Monroe nació en 1823 como un muro ante la restauración imperial europea en el continente. Su esencia no fue la dominación, sino la autodeterminación hemisférica. Aquella frase célebre de John Quincy Adams resuena aún hoy: “América no debe buscar monstruos que destruir; debe ser el defensor de su propia libertad.”
Esa advertencia original no solo exigía cautela, sino claridad moral: la libertad requiere vigilancia.
Dos siglos después, el hemisferio enfrenta un desafío distinto y más insidioso: la expansión de dictaduras internas —Cuba, Venezuela, Nicaragua— sostenidas por un andamiaje internacional que incluye a China, Rusia, Irán y redes criminales globales. No son ejércitos extranjeros los que amenazan a América, sino proyectos autoritarios incubados en el corazón del continente, capaces de desmantelar instituciones desde adentro.
En este contexto emerge lo que puede definirse como un “Corolario Trump”, una revitalización contemporánea de la Doctrina Monroe adaptada al siglo XXI. Su esencia es sencilla, pero estratégica:
frenar la expansión del autoritarismo continental y evitar que las dictaduras del hemisferio sigan siendo plataformas de desestabilización.
1. Nombrar sin ambigüedades a los regímenes autoritarios del continente.La diplomacia tradicional optó por eufemismos; Trump rompió ese ciclo. Llamar dictadura a una dictadura es el primer paso para enfrentarla.
2. Debilitar las redes que sostienen al socialismo del siglo XXI.Sanciones financieras a sus jerarcas, bloqueo de rutas de lavado de dinero, presión a petroleras y bancos que alimentan a La Habana y Caracas.
3. Limitar la influencia de potencias extrarregionales hostiles a la democracia. Ya no se trata del colonialismo europeo, sino de la penetración económica, tecnológica y militar de actores que ven a América Latina como tablero geoestratégico.
4. Aislar diplomáticamente el eje Cuba–Venezuela–Nicaragua. No castigar a los pueblos, sino cortar la legitimidad internacional de las estructuras represivas.
5. Respaldar explícitamente a las sociedades civiles que luchan por libertad. El mensaje fue claro: Estados Unidos no sería neutral ante el colapso democrático del hemisferio.
Este conjunto de acciones configura una reinterpretación moderna de la Doctrina Monroe: una política de resistencia democrática, no de dominación. Por primera vez en décadas, Washington reconoció que el deterioro del continente no es accidental, sino resultado de un proyecto político diseñado para destruir repúblicas y reemplazarlas por Estados fallidos funcionales al crimen y la autocracia.
En América Latina, este renacer doctrinal puso sobre la mesa que la región ya no puede seguir evadiendo su crisis estructural. Si Estados Unidos se replegara, el vacío sería llenado por potencias que no creen en la libertad. El “Corolario Trump” reconstruye los límites y recuerda que la democracia solo sobrevive cuando alguien la defiende.
En el mundo, su impacto es igualmente significativo. La era contemporánea exige que las democracias abandonen su pasividad. La libertad —como advirtió Adams, y como demuestra este nuevo ciclo— no se conserva sola: se sostiene con determinación, claridad moral y sentido histórico.