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Los herederos del lujo en el país del desabastecimiento

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Por Oscar Durán

La Habana.- En un país donde la gente hace malabares para comprar un paquete de salchichas, donde un salario mensual alcanza para tres refrescos tibios y donde el apagón se ha vuelto un miembro más de la familia, aparece Cristina Lage Codorniú, hija del exvicepresidente Carlos Lage, convertida en la nueva reina del lujo habanero. No contenta con tener visa americana y viajar como quien baja a la bodega, ahora lidera una cadena de restaurantes que parecen sacados de Dubai, pero empotrados en una ciudad que se desmorona a bocados. Sensacioones, Woow, Nao Habana… Lugares que suenan a glamour, pero que para el cubano promedio son tan inaccesibles como la libertad.

La ironía es preciosa: mientras medio país está contando los pesos para comprar pan viejo, en los locales de Cristina sirven platos cuyo precio alcanza para alimentar un barrio entero por una semana. Y todo esto mientras su padre, aquel que cayó en desgracia por “las mieles del poder”, permanece calladito, como si el silencio fuera la penitencia obligatoria de los que alguna vez tocaron el Olimpo castrista. Pero ya se sabe: en Cuba nadie cae del todo. Caen para un costado, se esconden un tiempo y, cuando pasan los años, resurgen por la puerta privada de la prosperidad.

Lo que duele no es que Cristina tenga restaurantes. Que haga dinero, bien por ella. Lo que duele es la obscenidad de la diferencia. El contraste. La evidencia brutal de que en una isla donde al ciudadano se le exige sacrificio y aguante, a los hijos de la élite se les permite jugar a millonarios, abrir negocios fastuosos, decorar paredes con dólares abstractos y vivir en un país paralelo donde no existe la escasez. Son dueños de empresas, de mansiones, de destinos, mientras el cubano de a pie apenas es dueño de su cansancio.

Oligarquía a la cubana

Y lo peor es que Cristina no es un caso aislado; es un síntoma. Un adelanto del modelo que se está gestando: la “nueva clase”. Los hijos de los históricos, los nietos de los ministros, los sobrinos de los generales, todos metidos ahora en negocios opacos, en sociedades anónimas con nombres cursis y capitales que nadie sabe de dónde salen. Una oligarquía a la cubana, con croquetas de trufa y discursos revolucionarios reciclados. Los antiguos guardianes de la igualdad social ahora produciendo desigualdad a escala industrial.

Mientras tanto, la mayoría sigue esperando una oportunidad que nunca llega. La isla rota, encendida por apagones, sigue pariendo estos contrastes vergonzosos: arriba, los herederos del poder montando imperios gastronómicos; abajo, un pueblo que apenas puede pagar un plato de arroz congrí. Cristina Lage es, en esencia, la postal perfecta de esta Cuba rota: un país pobre con hijos de ricos jugando a empresarios. La otra cara de la moneda que nunca nos enseñaron. Y que, lamentablemente, cada día brilla más.

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