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Por Eduardo Díaz Delgado ()
Madrid.- Miguel Díaz-Canel se ha erigido como el presidente de las excusas y las promesas incumplidas. Un mandatario que sistemáticamente elude asumir la responsabilidad por las consecuencias de sus propias políticas desastrosas. La narrativa oficial insiste en atribuir el descontento popular a la «expresión crítica» de los cubanos, negándose a reconocer la causa raíz: la gestión desastrosa y fallida de su propio Gobierno.
¿Acaso una plataforma informativa es la culpable de que la ciudadanía esté indignada por la falta de luz, agua y transporte? ¿Es responsable una página de Facebook o un canal de Telegram de que los salarios no alcancen para lo más básico, de que las farmacias estén desabastecidas de medicamentos, o de que los pacientes deban comprarlo todo —desde jeringuillas hasta gasas— para poder ser operados? ¿Tiene la culpa YouTube del estado lastimoso de las escuelas o de que, en la Cuba de 2025, poseer un automóvil sea un privilegio y sin embargo, hacer cola para combustible pueda llevar hasta quince días?
Atribuir la crisis nacional a medios independientes no solo es ridículo, sino que suena a una confesión: el Estado cubano ha colapsado y carece de influencia positiva en la vida de las personas. Su administración parece proveer una sola cosa con eficacia: la ausencia total de responsabilidad ante la sociedad.
Por ello, puede afirmarse, sin riesgo a exagerar, que en Cuba se configuran las características de un Estado fallido: un Gobierno incapaz de garantizar los servicios más esenciales y un presidente que actúa como un figurín de la más absoluta mediocridad. Y no se trata de una mera opinión, sino de una conclusión objetiva, cuantificable y perfectamente analizable a partir de la realidad cotidiana.