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¿Cómo la emoción enfermiza del tirano rompe la sociedad: La corrompe y destruye?
Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
Houston.- Que el poder corrompe y desnuda lo peor del ser humano es una verdad demasiado repetida, pero no por ello menos cierta. Allí donde debería haber equilibrio, principios y serenidad moral, la historia suele instalar a personajes consumidos por sus inseguridades, por el miedo visceral a la crítica, por la obsesión con la obediencia absoluta. El poder sin freno no engrandece: atrofia. Y a la larga, destruye tanto al líder como a la sociedad que lo padece.
La psicología de los tiranos es casi siempre la misma. No importa si llevan uniforme o guayabera verde olivo, si hablan de justicia social o de enemigos externos: la estructura mental es idéntica. Arrogancia, orgullo inflamado, resentimientos históricos, un ego que exige adoración diaria y, sobre todo, una profunda incapacidad para convivir con la disidencia. Cada tirano carga su cruz… pero la hace cargar también a toda una nación.
Fidel Castro es un ejemplo emblemático. Su relación con la crítica fue siempre patológica. Si alguna palabra rozaba su ego, aunque fuese justificada, la reacción era inmediata, desproporcionada y feroz. Fue un hombre que convirtió sus traumas personales en política de Estado.
Las historias abundan entre ministros, generales y simples funcionarios que cometieron el “error” de opinar fuera del guion. No existía el derecho a la explicación ni al matiz: la condena estaba dictada antes incluso de abrir la boca.
Su memoria era larga, pero no para el aprendizaje, sino para la revancha.
A lo largo de la historia de Cuba, especialmente desde 1959, este patrón quedó grabado en cientos de episodios. Desde la persecución de viejos compañeros de lucha, hasta la cárcel para intelectuales y artistas, pasando por la vigilancia obsesiva a todo aquel que insinuara autonomía. El poder convertido en enfermedad moral produce siempre el mismo resultado: una nación aterrorizada y silenciosa.
Si saltamos a uno de los casos más extremos del siglo XX, encontramos en Iósif Stalin, la versión totalitaria más perfecta del líder corroído por su propia mente.
La desconfianza no fue en él un rasgo secundario: fue la columna vertebral de su gobierno. No solo eliminó a casi todo el Comité Central bolchevique; desmanteló ejército, academia, prensa y sociedad civil bajo la lógica de que todo el mundo es culpable hasta que demuestre lo imposible: su completa sumisión.
El historiador Robert Conquest lo llamó “la maquinaria del miedo más eficaz jamás construida”. Pero detrás de esa maquinaria había un hombre tan terrificado por las sombras que decidió extinguir cualquier posible sombra, incluso aquellas que él mismo imaginaba.
Es un rasgo permanente del comunismo real: las purgas no son accidentes; son herramientas esenciales de gobierno.
Comparar a Stalin con Castro no es exageración; es método histórico. Ambos comparten:
• La eliminación de opositores internos (reales o imaginarios).
• La vigilancia total como forma de control.
• La propaganda como sustituto de la realidad.
• La creación de un enemigo permanente para justificar la represión.
• La destrucción deliberada de la autonomía del individuo.
Pravda en la URSS, Granma en Cuba: dos nombres distintos para la misma función.
No informan: adoctrinan.
No corrigen errores: los ocultan.
Y no defienden la verdad: defienden al líder.
Los regímenes comunistas descubrieron muy temprano que, para mantenerse vivos, debían anular tres pilares esenciales de cualquier sociedad sana: la economía, la moral y la conciencia individual.
Una población empobrecida, asustada y moralmente deformada es más fácil de dominar.
Cuando el poder es absoluto, el daño no se mide solo en miseria o en presos políticos.
Se mide en el quiebre interno del ciudadano, en la pérdida de la honestidad, en la complicidad obligada, en el hábito de la mentira.
El régimen no solo controla las necesidades del cuerpo: se apropia de las emociones, las manipula y las moldea para que el tirano sea visto como salvador incluso cuando destruye todo lo que toca.
Allí radica la verdadera ruptura social: una nación dividida entre el miedo y la obediencia, entre el silencio y la simulación.
La gente deja de pensar por sí misma y empieza a imitar al poder, a repetir sus vicios, a participar del teatro oficial por pura supervivencia. Es el triunfo perfecto del despotismo: cuando ya no necesita obligar, porque la costumbre ha hecho su trabajo.
Asi las cosas, el poder corrompido por la emoción enfermiza crea sociedades rotas.
Los tiranos se parecen entre sí porque nacen del mismo molde psicológico: miedo, desconfianza, odio, necesidad de control, incapacidad para la crítica.
La historia demuestra una y otra vez que, cuando un líder convierte sus traumas personales en política de Estado, la nación entera se hunde en una oscuridad de la que solo sale cuando recupera lo único que puede sanar a un pueblo: la libertad, la verdad y la responsabilidad moral del individuo.