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Por Luis Alberto Ramírez ()
El panorama sanitario en Cuba se hunde en una crisis que ya nadie puede maquillar. Según cifras oficiales, el régimen de La Habana reporta 4.400 pacientes ingresados por cuadros febriles, 101 casos en terapia intensiva y 242 nuevos casos de dengue. La situación es tan crítica que una enfermera, que pidió el anonimato para evitar represalias, resumió la tragedia con una frase que lo dice todo: “No hay ni con qué lavarse las manos.”
A esto se añade una cifra aún más alarmante: 45.617 pacientes permanecen ingresados por fiebre sin diagnóstico, mientras 101 continúan en cuidados intensivos, 64 de ellos menores de edad, según reveló la doctora Susana Suárez Tamayo, directora de Salud Ambiental, en el programa televisivo Buenos Días. Y la crisis no termina ahí: el chikungunya también hace estragos, con 628 nuevos casos reportados recientemente. En total, 35.452 personas han enfermado en 15 provincias.
(Y todo eso, sin contar los miles que no acuden a hospitales y policlínicos, porque allí no hay nada que ofrecerles. Ni consuelo)
Todo esto ocurre mientras el Gobierno anuncia un nuevo “ordenamiento sanitario” sí, al parecer ahora también hay un ordenamiento para la salud, que no resuelve absolutamente nada. En ausencia de medicamentos, los médicos solo pueden repetir recetas vacías: “hacer reposo”, “tomar abundante líquido”. Una burla amarga para un país donde, literalmente, tomar un vaso de agua potable es un lujo. El agua escasea más que en el Sahara, y miles de hogares pasan días enteros sin recibir una gota.
Un país que se cae a pedazos. Pero ¿qué esperaban? El país está tan deteriorado que, si esto sigue así, Cristóbal Colón tendrá que descubrirnos de nuevo, porque lo que existe hoy difícilmente puede llamarse nación.
No hay medicamentos. No hay alimentos. No hay agua potable. No hay electricidad. No hay camas ni espacio para más enfermos en los centros médicos. No hay personal de salud, porque la gran mayoría ha sido exportada como mercancía para generar divisas, y los pocos que quedan no quieren exponerse sin protección.
No se recoge la basura, las donaciones se pierden misteriosamente entre funcionarios del Partido. Y para rematar, el país vive con la moneda del “enemigo” al que culpan de todo.
La única maquinaria que funciona bien es la represión, porque esa sí recibe prioridad, recursos, atención y presupuesto. Para eso nunca faltan hombres, ni combustible, ni vehículos, ni teléfonos, ni uniformes.
La combinación de epidemias, escasez extrema y un Estado fallido ha llevado al sistema sanitario cubano a su punto más bajo en décadas. Lo que alguna vez fue presentado como “potencia médica” hoy no puede ni proveer jabón, ni suero, ni acetaminofén.
El país vive una emergencia humanitaria no declarada, mientras el Gobierno pasa más tiempo justificándose que resolviendo.
La crisis no la creó un mosquito. La creó un régimen que destruyó instituciones, vació hospitales, exportó a sus propios médicos y ahora pretende que el pueblo sobreviva a base de fe y agua.