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Por Ulises Aquino ()
La Habana.- La economía cubana enfrenta una crisis estructural profunda tras más de tres décadas sin desarrollar su tejido industrial. El país ha dependido de la venta de servicios médicos y de un turismo de baja categoría, sujeto a numerosos condicionamientos ideológicos. A pesar de que los ingresos por estos servicios superaron los 50.000 millones de dólares, ningún sector de la economía nacional logró desarrollarse significativamente durante este periodo.
A finales de los años noventa, tras la caída del bloque socialista, Cuba experimentó un tímido avance económico mediante la apertura al mercado y la entrada de firmas extranjeras. Sin embargo, este impulso se truncó con el triunfo de la Revolución Bolivariana en Venezuela. La llamada Operación Milagro marcó el inicio de una cruzada contra las empresas extranjeras y las Zonas Francas Especiales.
Venezuela se convirtió en el nuevo sustituyo de la Unión Soviética, subsidiando el alto consumo cubano de combustibles y otros rubros. En este proceso, se desmantelaron los avances económicos alcanzados en la década anterior, y numerosas empresas extranjeras no recuperaron sus inversiones.
Posteriormente, la Zona Especial de Desarrollo del Mariel fue concebida como otro salvavidas económico, pero su imagen se vio empañada por el escándalo de corrupción de Odebrecht. Paralelamente, GAESA consolidó un holding empresarial que absorbió entidades públicas, transfiriéndolas a un conglomerado militar que opera sin transparencia ni rendición de cuentas.
Este modelo convirtió a Cuba en una suerte de aldea medieval, donde una minoría ejerce un control absoluto sobre la economía, sin consultar siquiera a los especialistas. La salida a esta situación, según algunos analistas, dependería de la apertura a hombres de empresa, siempre que cuenten con libertad de emprendimiento, un mercado libre y garantías jurídicas para las inversiones. Además, se requerirían cambios políticos y un marco regulatorio que asegure los derechos de propiedad.
Para muchos, es imprescindible sustituir a los responsables de la actual debacle económica. Solo un Estado reducido en su burocracia podría obtener, mediante impuestos, los ingresos necesarios para revitalizar las pensiones, la salud, la educación y otros servicios urgentes.
El futuro de Cuba, en función de la correlación de fuerzas global actual, exige abandonar el panfletismo y los discursos vacíos. De no realizarse cambios profundos, se auguran tres posibles escenarios: una pandemia de grandes proporciones, un estallido de violencia delictiva o una crisis social sin precedentes.
La presencia de la flota naval de Estados Unidos en el Caribe no responde únicamente a la situación venezolana, sino que también forma parte del escenario regional. Mientras, la mayoría del pueblo cubano no percibe soluciones viables por parte de su gobierno, y ni Rusia ni China parecen dispuestas a un enfrentamiento abierto con Estados Unidos.
La situación actual es insostenible: sin electricidad ni agua, la producción está paralizada, el país acumula deudas y enfrenta demandas judiciales por impagos. La esperanza de que se resuelvan estos problemas en un futuro inmediato parece cada vez más remota. La pregunta que flota en el ambiente es: ¿qué están esperando las autoridades para actuar?