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En la China de finales del siglo XIX, entre la pobreza extrema y el abandono estatal, surgió una estructura silenciosa que hoy provoca escalofríos: la “torre de bebés”.
En Foochow, hacia 1890, se erigió una de estas torres. Eran altas y modestas, construidas supuestamente por ciudadanos ricos para ofrecer un último lugar de descanso a los hijos de los más pobres. Aquellos que no podían pagar un entierro, al menos tenían un sitio donde dejar a sus pequeños fallecidos. Cada pocos días, los cuerpos eran recogidos y enterrados en una fosa común.
Pero no todos los relatos son tan piadosos.
Algunas crónicas aseguran que no todos los bebés depositados en la torre estaban muertos. Algunos eran abandonados vivos: hijos no deseados, nacidos con alguna discapacidad, o niñas en una sociedad que prefería varones. El hambre, el estigma o la desesperación empujaban a las madres a decisiones impensables.
¿Eran todos los casos así? No lo sabemos con certeza. Las fuentes difieren. Lo que sí es seguro es que estas torres existieron. Y que en su base se acumularon historias que nunca conocieron el consuelo del nombre, del abrazo, ni del adiós.
Un símbolo brutal de lo que ocurre cuando la vida humana pierde su valor.