Por Eduardo González Rodríguez
()Santa Clara.- Ayer toqué con un amigo del corazón, y por arribita, el asunto de la despedida final de Juana Bacallao. Independientemente de que me pareció muy triste que Juana la cubana no tuviera el cortejo fúnebre que -según mi opinión- se merecía, no se lo adjudiqué a un problema racial.
Y no es que en Cuba no haya racismo, que lo hubo desde siempre, y habrá, mientras el que tiene dinero -sea negro o blanco- se crea superior al que no lo tiene, mientras el que viva en la Habana se crea mejor que el que vive en Guantánamo y el que tiene poder se sienta inmune a la Ley que, por el mismo delito, castiga al albañil de la esquina, mientras que a él, poderoso al fin, le pasan la sanción en secreto y por debajo de la mesa.
Creo que el ministerio de cultura, en pleno, es el responsable de que el entierro de Juana haya sido un bochorno nacional. Y también me parece una irresponsabilidad el silencio cómplice de sus dirigentes en los altos niveles ante la opinión de los cubanos.
Y confieso que mi comentario de oficina no hubiera pasado a más si ayer, a las 2:50 de la tarde, otro amigo de años, no me hubiera hecho señas a un costado de ETECSA. Me bajé de la bici y nos abrazamos. Luego lo de siempre, la familia, el trabajo, la crisis… hasta que un señor, que parecía sacado del cajón de un mago, intentó acallar a uno de los choferes de bicitaxi que parquean allí para esperar a algún cliente. Los muchachos hablaban de que lo que pasó con Juana era un problema de racismo. Y el señor, con seño fruncido, les gritó: «ustedes están haciéndole juego al enemigo. ¡Qué racismo ni racismo! ¡Esa era una negra payasa!».
Yo sentí deseos de romperle en la cabeza el trípode que traía en la bicicleta. Pero no. Esos son impulsos ancestrales. Solo le dije «en este circo que tenemos por país hay más blancos payasos que negros payasos. La diferencia está que los payasos negros nos hacen reír, y los blancos payasos nos están haciendo llorar».
El tipo siguió su camino sonriendo, como si me hubiera sorprendido en falta. ¡Como si a estas alturas del campeonato me importara un comino lo que cualquiera diga de mi persona! Tengo a Mandi por testigo.
Los bicitaxeros -negros casi todos- me dijeron «¡asere lo mataste! ¿Cómo es eso de los negros payasos y los blancos payasos?». Pero no quise repetirlo. Eso sí, estuve un rato riéndome con ellos.
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