El agujero del dictador

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- No lo encontraron en un palacio ni entre cortinas de seda. Estaba debajo de un montón de ladrillos y tierra, apretado como una sardina en su propia tumba provisional. La noche del 13 de diciembre de 2003, unos seiscientos soldados estadounidenses asaltaron dos propiedades rurales cerca de Tikrit, la cuna de Saddam. La primera parada: nada. La segunda: un agujero en el suelo.

Lo llamaron «spider hole». Un hueco de metro ochenta de profundidad, justo para que un hombre adulto cupiera tumbado, con un ventilador de mierda para que no se asfixiara. Allí, con la barba crecida y el pelo enmarañado, estaba el hombre que había gobernado Irak con puño de hierro. No ofreció resistencia. Solo se dejó sacar como un saco de patatas.

Saddam no estaba solo. Dos fusiles AK-47, una pistola y una caja con 750.000 dólares en billetes de cien acompañaban su retiro subterráneo. Dos tipos fueron detenidos cerca, pero el jefe, el que durante décadas había vivido entre mármol y oro, ahora yacía en un agujero con un ventilador de dos dólares. La vida, a veces, es una broma de mal gusto.

El agujero del dictador

Al día siguiente, Paul Bremer, el administrador estadounidense, se plantó ante las cámaras y soltó la frase que dio la vuelta al mundo: «Ladies and gentlemen, we got him». Quería que sonara a victoria. Pero la insurgencia no se rindió, y Bagdad siguió ardiendo. La foto del escondite, sin embargo, se convirtió en el símbolo de su caída: un dictador en un agujero, como un animal acorralado.

Saddam fue juzgado, condenado y ejecutado el 30 de diciembre de 2006. Pero la imagen que quedó no fue la de su muerte, sino la de su escondite. Un hueco en la tierra donde terminó una búsqueda de meses, y donde el hombre que se creía invencible aprendió que hasta los tiranos necesitan un ventilador para respirar. El final de un régimen, resumido en un agujero con olor a tierra.

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