
De rebeldes a bandidos: la historia que el castrismo ocultó
Por Juan Carlos Méndez
Quiero hablarles de una de las tantas mentiras que el régimen comunista nos vendió: la de convertir a guerrilleros en «bandidos».
No habían pasado muchos meses desde que los rebeldes cubanos tomaran el poder con la promesa de restablecer los derechos civiles, recuperar la Constitución de 1940 y devolverle al pueblo las libertades que habían sido negadas durante la dictadura de derecha contra la que habían luchado. Pero muchos jóvenes cubanos, inteligentes, patriotas y amantes de la libertad, no aceptaron el rumbo marxista que comenzaba a tomar aquella revolución por la que habían arriesgado sus vidas.
Poco a poco comenzaron a alzarse y, tras la declaración del carácter socialista de la revolución, cientos de jóvenes marcharon hacia las lomas del Escambray y otros lugares de Cuba para continuar luchando contra el nuevo rumbo impuesto al país.
Mi madre me contaba que, prácticamente todas las noches, se escuchaba lo mismo: «Anoche se alzó el hijo de fulano», «anoche se alzaron los hermanos de tal familia». Eran jóvenes que apenas unos meses antes habían sido llamados rebeldes, luchadores, patriotas y verdaderos cubanos, pero al negarse a aceptar el marxismo fueron convertidos por el régimen en «bandidos».
El régimen envió miles y miles de milicianos al Escambray para acabar con aquella resistencia. Mi madre recordaba ver pasar los camiones llenos de milicianos mientras decían: «Vamos a barrer el Escambray». Aquella llamada «limpieza» dejó una historia de dolor, persecución, fusilamientos, encarcelamientos y familias destruidas. También se desplazó por la fuerza a numerosos campesinos de las zonas donde operaban los alzados. Muchos fueron sacados de sus tierras y trasladados obligatoriamente a otras provincias, especialmente a Pinar del Río, separados de sus hogares y de la vida que habían construido.
El precio de la libertad
La historia oficial quiso reducir todo aquello a una lucha contra «bandidos», pero detrás de esa palabra había jóvenes, campesinos y familias que se negaron a aceptar que la libertad por la que habían luchado terminara convertida en una dictadura marxista.
No podemos olvidar esta triste historia ni permitir que las nuevas generaciones conozcan solamente la versión escrita por quienes ganaron y luego tuvieron el poder de escribir los libros. Porque una de las grandes lecciones de nuestra historia es esta: a los que ayer llamaron rebeldes y héroes, mañana podían llamarlos bandidos simplemente por no obedecer.
Hoy quiero terminar con mi respeto y mi eterno agradecimiento a todos aquellos combatientes que, desde las montañas y desde tantos otros lugares de Cuba, dedicaron los mejores años de sus vidas a luchar por la libertad. A quienes cayeron, fueron encarcelados, perseguidos o tuvieron que marchar al exilio, y también a sus familiares, que cargaron durante décadas con el dolor, la separación y las consecuencias de aquella lucha.
A todos ellos: gracias. Quizás la libertad que soñaron no llegó en su tiempo, pero su sacrificio no debe ser olvidado. Mientras exista un cubano que recuerde su historia y siga soñando con una Cuba libre, su lucha seguirá viva.



















