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Seguir, incluso cuando cuesta

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Por Anette Espinosa

La Habana.- En medio del ruido de la vida, a veces ocurre lo inesperado: Dios habla. No lo hace necesariamente en un templo, ni en medio de una revelación extraordinaria, sino en un gimnasio cualquiera, mientras una mujer intenta ponerse de pie. Eso fue lo que contó Mailén Díaz Almaguer cuando, casi un año después, volvió a subirse a un bipedestador para sostener su cuerpo.

Apenas una hora pudo permanecer erguida. Dolía. Cansaba. Pero en ese esfuerzo aparentemente pequeño había escondida una lección grande: cuando uno deja de hacer algo durante demasiado tiempo, volver a empezar siempre cuesta.

Mailén lo sabe mejor que nadie. Sobrevivió a un accidente que marcó su vida y, desde entonces, cada avance físico ha sido también un ejercicio de paciencia. Aquella hora de pie fue suficiente para recordar que el cuerpo —como el alma— necesita constancia. Lo que antes era fácil, de repente se vuelve difícil. Lo que antes parecía natural, exige ahora voluntad. Y en ese momento de fragilidad comprendió algo que muchos olvidan: empezar de nuevo no es un fracaso, es parte del camino.

La reflexión de Mailén fue más allá del esfuerzo físico. Pensó en la vida espiritual, en esa relación con Dios que tantas veces se abandona por la prisa, por las preocupaciones o por la simple distracción de lo cotidiano. Cuando uno se aleja, regresar no siempre es cómodo. Duele. Se siente extraño, como si el corazón estuviera reaprendiendo a caminar. Pero, igual que el cuerpo en el bipedestador, basta con insistir un poco para que todo vuelva a acomodarse.

Mientras permanecía de pie, su propio cuerpo comenzó a adaptarse. El dolor seguía ahí, pero era más llevadero. Entonces apareció otra enseñanza: la corrección. Para mantenerse en la postura adecuada debía ajustarse constantemente, enderezarse, corregir errores. Y cada corrección dolía. Sin embargo, no hacerlo habría sido peor. Porque a veces la incomodidad es precisamente la señal de que algo se está arreglando.

Por eso Mailén terminó entendiendo algo que parece simple pero es profundamente humano: Dios también habla en lo cotidiano. En el cansancio, en el dolor, en un aparato de rehabilitación o en una hora de esfuerzo silencioso. Aprender a escucharlo ahí, en lo ordinario, es descubrir que incluso en los momentos más pequeños se está escribiendo algo grande. Y frente a esa certeza solo queda una decisión posible: seguir.

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