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Por oscar Durán

La Habana.- Los viernes tienen algo. No sé si es el cansancio acumulado de toda la semana o esa sensación de que, por fin, se abre una rendija en medio de tanta oscuridad, pero el caso es que uno se levanta distinto. Más ligero. Más atrevido. Como si el cuerpo supiera que entre viernes y domingo puede pasar cualquier cosa. Y en Cuba, cuando uno dice “cualquier cosa”, no está hablando de salir a tomar cerveza o ir a la playa. Está hablando de lo único que nos importa hace décadas: que esto se acabe de una vez.

La dictadura, aunque se haga la fuerte, está vieja. Y no vieja de calendario, vieja de alma, de discurso, de ideas. Es una maquinaria oxidada que hace ruido por todos lados, que ya no convence ni a los que la defienden en público. Por eso los viernes pesan distinto. Porque la gente habla más, se suelta más, pierde un poco el miedo. Cuando el miedo empieza a aflojar, ahí es donde los sistemas se tambalean.

Hoy, como si faltara algo para agitar más el ambiente, apareció Donald Trump con una frase de esas que no pasan desapercibidas: “Cuba será la próxima”. Claro, eso en cualquier otro país puede ser una declaración más, pero para un cubano eso es dinamita pura. Trump no es un tipo que mida demasiado sus palabras, pero tampoco es un improvisado. Cuando dice algo así, el mensaje llega claro: hay movimiento, hay presión, hay un tablero que se está moviendo.

Y eso, aunque algunos no lo quieran admitir, genera una sensación extraña de seguridad. No porque uno esté esperando que nadie venga a resolvernos el problema, sino porque saber que hay ojos puestos sobre Cuba, que hay figuras con poder señalando directamente a la dictadura, cambia el juego.

El régimen ya no se siente tan intocable. El cubano, que lleva años sintiéndose solo, empieza a percibir que quizás no lo está tanto.

Por eso los viernes se han vuelto peligrosos para ellos. Entre el cansancio del pueblo, el desgaste del sistema y las señales que llegan desde afuera, se está formando algo. No sé si será elpróximo viernes, o dentro de un mes. Lo que sí tengo claro es que esto no aguanta mucho más. Cuando caiga —porque va a caer— probablemente también será un viernes cualquiera, de esos en los que uno se levanta con la sospecha de que algo grande está por pasar.

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