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Victoria Drummond y el amor por los motores

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En un mundo que le decía que no podía, Victoria Drummond decidió hacerlo igual.

Nació en Escocia en 1894, en una familia donde se esperaba de ella una vida cómoda, discreta y sin sobresaltos. Pero Victoria no soñaba con salones elegantes. Soñaba con motores, con grasa en las manos, con el ruido profundo de la maquinaria en marcha. Quería entender cómo funcionaban las cosas y hacerlas funcionar mejor.

Cuando dijo que quería ser ingeniera naval, nadie la tomó en serio. Así que empezó sola. Trabajó en talleres mecánicos, luego en los astilleros Caledon de Dundee, rodeada de miles de hombres y sin ninguna mujer a su lado. Estudiaba de noche, aprendía en silencio y trabajaba más duro que cualquiera, porque sabía que a ella se le exigiría el doble.

En 1922 aceptó su primer puesto en un barco rumbo a Australia. El rango más bajo. El peor pagado. El más duro. Lo aceptó sin quejarse. Durante años navegó por medio mundo, ganándose su lugar en salas de máquinas donde nunca antes había estado una mujer. En 1926 logró algo histórico: se convirtió en la primera ingeniera naval certificada de Gran Bretaña.

Y aun así, nadie quiso contratarla. Demasiado cualificada. Del género equivocado.

Trabajó por debajo de su rango durante años, porque trabajar mal pagada era mejor que no trabajar. Entonces decidió aspirar a lo máximo: ser Maquinista Jefe. Se presentó al examen. Suspendió. Volvió a presentarse. Suspendió otra vez. Y otra. Más de treinta veces.

No porque no supiera. Sino porque habían decidido que nunca aprobarían a una mujer.

Pasó años relegada a trabajos esporádicos hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial. Los barcos se hundían. Faltaban ingenieros. Aun así, Gran Bretaña volvió a decirle que no. Victoria aceptó entonces un puesto en un buque extranjero.

En 1940, en medio del Atlántico, un bombardero alemán atacó su barco. Las bombas destrozaron tuberías, la sala de máquinas se llenó de vapor y agua, y los hombres huyeron. Victoria no. Ordenó evacuar y se quedó sola. Forzó los motores más allá de sus límites, sacó una velocidad imposible y permitió que el barco esquivara las bombas.

Salvó a toda la tripulación.

Por ese acto recibió condecoraciones por valentía. Fue la primera mujer ingeniera en lograrlo. Y aun así, tras la guerra, su país volvió a exigirle que demostrara lo que ya había demostrado bajo fuego enemigo. Ella se negó.

Presentó el examen de Ingeniero Jefe en Panamá, de forma anónima. Aprobó a la primera.

Durante diecisiete años navegó como Maquinista Jefe en barcos que otros rechazaban. Se retiró tras cuarenta años en el mar. Murió en 1978, mucho antes de que su país comprendiera lo que había hecho.

Cuando le preguntaron cómo soportó tantos rechazos, su respuesta fue simple:

“Porque amaba los motores”.

No buscaba ser símbolo. No buscaba aplausos. Buscaba hacer su trabajo.

Y lo hizo. Una y otra vez. Con manos manchadas de grasa y una determinación que ningún examen pudo detener.

Victoria Drummond no pidió permiso. Simplemente siguió adelante.

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