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Por Luis Alberto Ramírez ().

Miami.- Hay una confusión peligrosa, y profundamente arraigada, cuando se intenta convertir la miseria en virtud. No, la dignidad no se come, no se viste ni cura enfermedades. La dignidad es un valor humano esencial, pero necesita apoyarse en condiciones materiales mínimas para poder sostenerse en el tiempo. Pretender lo contrario es romantizar la escasez y justificar lo injustificable.

En el caso cubano, ese discurso ha sido repetido durante décadas: resistir es digno, sufrir es noble, carecer es casi un mérito moral. Pero cuando la escasez se vuelve permanente, cuando la represión limita incluso el pensamiento, y cuando las consignas sustituyen a las soluciones, ya no estamos hablando de dignidad, sino de resignación inducida.

Resulta contradictorio que algunos lleguen a ver la libertad como una amenaza a su forma de vida, como si aspirar a mejores condiciones materiales implicara traicionar principios. En realidad, esa visión es el resultado de una narrativa donde el pasado, aunque haya sido fallido, pesa más que el futuro. Se construye así una identidad que se aferra al sacrificio porque no le han permitido conocer la prosperidad.

Pero ningún pueblo está condenado a elegir entre dignidad y bienestar. Esa es una falsa dicotomía. La verdadera dignidad también implica tener la posibilidad de progresar, de decidir, de vivir sin miedo y sin carencias extremas. Cuando alguien prefiere su miseria antes que cuestionarla, no está defendiendo un ideal: está atrapado en él, con dicotomía vital de su existencia.

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