Por Yoyo Malagón ()
Madrid.- Tres veces tuve que cambiar de canal durante la primera parte. No porque el partido fuera malo, sino porque el vecino del segundo, ese que es del Celta y que cada vez que marca el Madrid pone la excusa de bajar la basura para verme la cara, no paraba de llamar al timbre. Entre el de la basura, mi jefe preguntándome si de verdad el once de Arbeloa era un equipo de Primera o un autobús del filial esperando en el arcén, y el hielo derritiéndose en mi vaso, uno no puede ni ver fútbol con dignidad.
Porque sí, había que ver el partido. Había que ver cómo ese puñado de críos a los que el madridismo miraba con la lupa de la desesperación y las diez bajas a cuestas se iban a enfrentar al vendaval de un Celta que, para más señas, juega como los ángeles. Y lo primero que vi, antes del primer sorbo de ron, fue a Tchouaméni, ese que algunos querían jubilar hace seis meses, marcando y bailando en el área pequeña como si hubiera vuelto a nacer.
Claro, el gol tempranero siempre es un buen sedante. Pero en esto, y cuando yo intentaba explicarle al de los cubatas que esta noche no había Bacardí, solo Coñac porque en mi casa las existencias mandan, apareció Swedberg para recordarnos que Balaídos no es un jardín, es un avispero. Un centro, un despiste de Alexander-Arnold —al que algunos confunden con un lateral y no con un extremo reconvertido— y el empate de Borja Iglesias, que se pone a cero y ya se frota las manos pensando en el Mundial. Para el descanso, 1-1 y la sensación de que el Madrid aguantaba con el dedo en el ojo del huracán.
Aspas y el palo
La segunda parte fue un ejercicio de funambulismo. El Celta, que debe ser el equipo más limpio de España sacando el balón, mareaba a un Madrid que parecía conformarse con la tabla de salvación del empate. Y claro, cuando el equipo de Arbeloa se mete atrás, con un Mendy que parecía de alabastro y un centro del campo con más niños que un recreo, la moneda siempre acaba cayendo del mismo lado. Me disponía a preparar otro Cubalibre —el quinto ya, que la noche lo requería— cuando llegó el susto gordo.
Iago Aspas, ese que debía estar prohibido por decreto ley para la salud mental del personal, se sacó un recorte de la nada, se sentó a Asencio en el césped y estrelló el balón en el puto poste. El gemido que pegó mi vecino del segundo, que ya había subido la basura y bajado él a mi puerta, retumbó en toda la escalera. «¡Es la ley del ex, Yoyo!», me gritó con la esperanza de un adolescente en su primer amor. Yo solo atiné a servirme otro trago y a pensar que, a veces, la justicia divina existe. O al menos, el palo existe.
Un purasangre llamado Valverde
Pero el fútol, y sobre todo el Real Madrid, tiene esa extraña costumbre de jugar con los ritmos circadianos de sus aficionados. En el minuto 94, cuando mi vecino ya celebraba el punto y yo rumiaba la crónica de otro tropiezo, llegó la jugada. Un balón suelto, un latigazo de Fede Valverde —el único de los grandes que parecía no haber venido de turismo— y un desvío en el codo de Marcos Alonso que mandó el balón a la escuadra mientras Radu miraba a otro lado.
El gol más feo, el más de rebote, el más afortunado del mundo para unos, y el más injusto para otros. Yo, que ya había soltado el vaso (mala suerte, la verdad, se derramó medio combinado), me pegué un golpe en la mesa mientras el vecino del segundo, ahora sí, bajaba la basura a las once de la noche con una bolsa vacía y cara de velatorio. Qué bonito es el fútbol cuando te toca a ti, ¿verdad?
Y ahora, con la resaca del gol y del ron, toca hacer balance. Hablan algunos de la fortuna, del rebote, de que si el Celta mereció más. Y probablemente sea cierto. Pero como digo yo siempre, la suerte es el sedante de los que trabajan, y este Madrid de urgencias y canteranos, con Pitarch, Manuel Ángel y Palacios correteando entre las piernas de los mayores, no dejó de creer.
Arbeloa, que segundos antes del gol ya no sabía si echar a Mendy o pedir la hora, salió en rueda de prensa hablando del espíritu de Juanito y de la necesidad de que la afición crea. Y yo, que esta noche no soy nadie para llevarle la contraria, brindo por ello. Brindo por una victoria que, aunque sea de rebote, sabe a gloria. Brindo porque mañana el Athletic le muerda los talones al Barcelona y porque, al menos por una noche, el madridismo duerma tranquilo.
Y ahora, si me disculpan, voy a ver si encuentro al vecino del segundo. Creo que ha dejado la basura en mi felpudo otra vez. Por cierto, ¿alguien tiene Bacardí? Es que el Coñac, para estos trotes, se queda corto.



