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Por albert Fonse ()

Ottawa.- Hay una contradicción que ya no se puede seguir ocultando dentro del trumpismo. Personas que se dicen seguidoras de Donald Trump repiten consignas que Trump jamás ha aplicado en la vida real, como eso de que “con dictaduras no se negocia” o que “no se habla con asesinos”.

Esa postura no es trumpista; es ingenua. Trump nunca ha sido un cruzado moral ni un político de consignas: es un negociador puro, alguien que entiende el poder como una relación de fuerza, intereses y beneficios, no como un concurso de virtudes. Quien no entienda eso no entiende a Trump.

Trump ha demostrado una y otra vez que no tiene barreras ideológicas para sentarse a conversar, si del otro lado hay algo que ganar. Lo hizo con Kim Jong-un, lo ha hecho con Vladimir Putin, lo intentó con Nicolás Maduro antes de escalar y ordenar su arresto, y hoy está gestionando la transición venezolana desde una posición de fuerza absoluta. Ese es su método constante: primero el trato, luego la presión, y si no hay resultados, el golpe. No hay contradicción ahí; hay coherencia. Trump no cree en discursos; cree en acuerdos que le den ventaja.

Por eso llamó al régimen cubano a hacer negocios. No por simpatía, no por debilidad, no por desconocimiento del castrismo, sino porque así es como Trump opera en el mundo: intereses materiales, control estratégico, costos y retornos. Quien se diga trumpista y ataque esa lógica está atacando al propio Trump, aunque no quiera admitirlo. No se puede aplaudir al negociador y al mismo tiempo condenar la negociación cuando no encaja con la fantasía personal de cada cual.

Cuba y la estrategia de Trump

Aquí es donde hay que hablar claro y ponerse serios. Esta administración es hoy la que más cerca está de provocar un cambio real en Cuba, no por sentimentalismo ni por amor a la libertad, sino por cálculo estratégico.

La pregunta no es si nos gusta o no ese enfoque; la pregunta es qué hacemos nosotros frente a ese escenario. Porque hay algo que muchos no quieren aceptar: Trump y Marco Rubio van a sentarse a hablar con el poder real del régimen cubano, no con figuras decorativas, no con títeres, sino con los Castros. Negar eso no es firmeza moral; es autoengaño.

Entonces, el dilema es simple y brutal. Si de esa negociación sale algo positivo —no un deshielo 2.0, no maquillaje político, sino un proceso de cambio y transición imperfecto pero real—, ¿qué vamos a hacer? ¿Lo apoyaríamos porque mejora la vida de millones de cubanos o lo boicotearíamos porque no cumple con el escenario ideal que llevamos décadas esperando sin resultados?

Trump no promete el país perfecto; promete uno mejor que el actual, y así es como siempre ha operado.

La estabilidad sobre todo

Aquí entra el punto que muchos prefieren no decir en voz alta. Existe un escenario muy real en el que, si el régimen cubano es lo suficientemente inteligente y acepta el trato de Trump, no habrá justicia como muchos la imaginan. No habrá juicios masivos ni rendición de cuentas ejemplar.

Muchos de los responsables podrían terminar con retiros dorados en terceros países, protegidos por acuerdos de salida, y otros incluso podrían quedarse en Cuba conservando bienes robados, amparados por garantías internacionales y hasta por el propio Estados Unidos —no por complicidad ideológica, sino porque, en las transiciones negociadas, la estabilidad suele pesar más que la venganza.

Eso no es una traición; es la historia repitiéndose. Ha ocurrido en casi todas las transiciones pactadas del siglo XX y XXI. La justicia perfecta rara vez llega cuando el objetivo principal es desmontar un sistema sin provocar una guerra o un colapso total. El precio de salir del infierno muchas veces es aceptar que algunos verdugos no pagan como merecen. Es incómodo, es injusto, pero es real.

Aquí hace falta construir un consenso mínimo y abandonar el maximalismo estéril. El primer punto innegociable tiene que ser la libertad inmediata y total de todos los presos políticos, sin excusas ni liberaciones parciales. El segundo tiene que ser elecciones libres, multipartidistas, con presencia estadounidense y observación internacional real —no simbólica ni controlada por el régimen. El tercero tiene que ser el fin de la represión y la apertura real del sistema político. Eso no es rendición; eso es transición.

El pragmatismo más puro

La pregunta incómoda para el exilio y para la oposición es otra: si la administración Trump apuesta por un proceso de transición bajo esos términos, ¿vamos a jalar cada uno para su lado como siempre o vamos a empujar todos en la misma dirección, aunque sepamos que la justicia será incompleta? Porque hay una verdad dura pero real: si no hay calle en Cuba y no hay unidad afuera, la negociación se va a dar entre Washington y el régimen, y el pueblo cubano será espectador.

Trump no busca unanimidad moral ni pureza ideológica; busca interlocutores funcionales, gente que sume y no estorbe. En su tablero, el ruido maximalista no pesa; el pragmatismo sí. No se trata de aplaudir dictaduras; se trata de entender cómo se las derrota. Trump no las combate con sermones; las combate rompiendo su ecuación de supervivencia y ofreciendo salidas cuando le conviene.

Quien diga ser trumpista y no entienda eso no está defendiendo a Trump; está defendiendo una caricatura cómoda. La libertad de Cuba no va a llegar como la soñamos; si llega, será como se pueda. La historia demuestra que las transiciones casi nunca son limpias, pero siempre son mejores que la cárcel perpetua en la que estamos. Aquí no se trata de pureza; se trata de resultados, y hoy, nos guste o no, el camino más corto hacia un cambio real pasa por la mesa de negociación de Donald Trump.

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