Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Washington.- El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmó que Irán desea negociar con Washington tras sus amenazas de represalias por la violenta represión de las protestas nacionales, en las que se estima que al menos 544 personas han muerto, según grupos activistas. En medio de esta tensión, Trump advirtió que Estados Unidos está considerando «opciones muy fuertes» y que, si Irán toma represalias, sería golpeado «a niveles que nunca han sido golpeados antes».
Irán, por su parte, ha convocado contra-manifestaciones y, a través de sus autoridades, ha negado una crisis, culpando directamente a Estados Unidos e Israel de instigar la violencia para justificar una intervención. Mientras tanto, el gobierno iraní ha impuesto un severo apagón informativo, cortando internet y líneas telefónicas, lo que dificulta verificar las cifras de víctimas y ha generado temores de que esta oscuridad facilite una represión aún más sangrienta.
Trump vinculó explícitamente las posibles acciones militares con el aumento de las muertes en Irán, señalando que, aunque se organiza una reunión con Teherán, es posible que «tenga que actuar primero» debido a la situación sobre el terreno. Su declaración de que «Irán quiere negociar» sugiere una apertura al diálogo, pero condicionada por un ultimátum implícito de alto riesgo.
La magnitud de la represión es respaldada por informes que indican, además de los cientos de muertos, más de 10,600 detenciones en dos semanas. Las advertencias enviadas por mensaje de texto a la población, supuestamente de los cuerpos de seguridad, instan a las familias a evitar las calles y alejar a sus hijos de las protestas, amenazando con tratar con «decisión» a los «alborotadores».
En este escenario de crisis, las protestas, que comenzaron por motivos económicos, se han transformado en un desafío directo a la teocracia gobernante. La brutal respuesta estatal y las amenazas de una intervención extranjera han creado una peligrosa encrucijada, donde las vidas de los manifestantes y la estabilidad regional penden de un hilo, mientras el gobierno iraní intenta proyectar control total ante una población desafiante y una comunidad internacional atenta.