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Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Donald Trump no habla como diplomático, habla como alguien que huele la quiebra. Cuando insinúa una posible “toma amistosa” de Cuba, no está anunciando una invasión, está certificando un colapso. Las invasiones se hacen contra Estados fuertes; las tomas amistosas ocurren cuando el poder ya no puede sostenerse ni con propaganda ni con represión.
“Toma amistosa” significa algo devastador para la narrativa revolucionaria: rendición sin épica, derrota sin disparos, entrega del control real a cambio de sobrevivir políticamente. La bandera queda, el discurso queda, los símbolos quedan. El poder, no.
Trump fue brutalmente claro: “No tienen dinero, no tienen nada”. Esa frase no es una opinión, es un balance contable. Un Estado que no puede pagar, no decide. Un régimen que no puede sostener su economía ni alimentar a su población deja de ser soberano y pasa a ser administrado. No se le conquista: se le absorbe.
La toma amistosa no empieza con tanques, empieza con llamadas. Llamadas discretas, nocturnas, sin micrófonos. Empieza cuando sectores del poder entienden que el sistema no se salva y buscan salvarse ellos. No hablan de libertad, hablan de garantías. No hablan de patria, hablan de salidas. Tampoco hablan de pueblo, hablan de inmunidad.
Luego vienen las concesiones maquilladas de dignidad: reformas “a la cubana”, aperturas “controladas”, acuerdos “humanitarios”. Todo presentado como victoria política, cuando en realidad es cesión forzada. El régimen conserva el decorado mientras pierde el timón.
Esto no es una derrota impuesta desde afuera. Es el resultado natural de décadas de incompetencia, corrupción y desprecio por la realidad. Nadie toma amistosamente lo que funciona. Nadie negocia la soberanía de un país próspero. Solo se rinde quien ya no tiene con qué resistir.
El mensaje de Trump no va dirigido al pueblo cubano, que lleva años pagando el precio del fracaso. Va dirigido a la cúpula: el tiempo se acabó. O negocian su salida ahora, o el colapso los arrastra sin red, sin garantías y sin relato heroico que los salve.
La revolución no caerá con un disparo. Caerá con una firma. Y eso, para un régimen que vivió de la épica, es la derrota más humillante de todas.