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Por Javier Pérez Capdevila ()
Guantánamo.- En mi provincia la vida cotidiana se ha vuelto una especie de ejercicio permanente de adaptación. Los apagones son tan intensos que en muchas zonas superan con facilidad las 20 horas diarias, y en no pocos lugares llegan a 24 o incluso 30 horas sin electricidad. A esto se suma otro problema: la mayoría de las veces no existe una planificación clara. El apagón llega sin aviso, y el “alumbrón” también.
Esa incertidumbre obliga a reorganizar la vida de formas que hace unos años parecían impensables. Muchísimas personas terminan cocinando de madrugada, aprovechando cualquier momento en que regrese la corriente. Dormir, trabajar, estudiar o simplemente descansar depende de un factor que ya no controlamos.
En medio de esa realidad, la vida académica parece seguir funcionando como si nada ocurriera. Programas de maestría, doctorado e incluso carreras universitarias mantienen calendarios, entregas y defensas con una normalidad que no corresponde con las condiciones reales en las que estamos viviendo.
Lo digo también desde mi propia experiencia. Soy tutor de varias tesis y hay trabajos que no he podido revisar con la sistematicidad que merecen. No solo por los apagones —que ya de por sí dificultan leer, escribir o conectarse— sino también por algo de lo que se habla poco: el desgaste emocional. La incertidumbre, el estrés acumulado y la ansiedad que generan estas condiciones afectan inevitablemente la concentración y la capacidad de trabajo. Y esto no me ocurre solo a mí: le sucede a la mayoría de los profesionales, estudiantes e investigadores.
Una tesis, una investigación o un trabajo académico serio requieren tiempo, estabilidad mental y condiciones mínimas de trabajo. No se construyen entre apagones interminables, noches sin descanso y jornadas reorganizadas a golpe de improvisación.
Por eso creo que es necesario pedir prórrogas razonables. No como un privilegio, ni como una concesión excepcional, sino como una medida de coherencia con la realidad que estamos viviendo. La academia debería ser, ante todo, un espacio de comprensión, de pensamiento crítico y también de sensibilidad ante las circunstancias sociales.
A veces tengo la impresión de que no todos los profesores o directivos comprenden plenamente la magnitud del problema. Y no se trata de justificar retrasos por comodidad; se trata de reconocer que las condiciones objetivas han cambiado profundamente.
Si queremos investigaciones de calidad, tesis bien pensadas y formación académica seria, también debemos crear condiciones humanas para que eso sea posible.
Porque hacer ciencia, investigar o escribir una tesis ya es un reto en circunstancias normales.
Intentarlo en tiempo de apagón es, sencillamente, otra dimensión del desafío.