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Por Sergio Barbán Cardero ()
MIami.- Tengo que confesar que esta fue la parte que más disfruté de toda la comparecencia. Por un momento sentí que el discurso iba dirigido directamente a mí y a tantos otros que hoy damos la batalla en las redes. Era casi como si me estuvieran colocando una medalla en el pecho, el mejor reconocimiento posible para quienes hemos decidido declarar una guerra abierta contra el régimen, contra el comunismo y contra el propio Díaz-Canel desde el único espacio donde aún no han logrado imponer silencio absoluto: las redes sociales. Por eso muchas de mis publicaciones llevan siempre el mismo lema, convertido ya en una pequeña trinchera digital: #guerraenlasredescontracanel
En su comparecencia, el puesto a dedo volvió a recurrir a uno de los argumentos clásicos del discurso político del régimen. La supuesta existencia de una «guerra no convencional” contra la dictadura. Según explicó, el país estaría enfrentando una combinación de guerra ideológica, guerra mediática, guerra cultural e incluso guerra psicológica dirigida desde Estados Unidos.
Ni si quiera menciona a los que están en Noruega, Luis Dener, Un Asere Pensante Brian Infante, en España, Avana de la torre, Yunior García Aguilera, Carolina Barrero y otros muchos por Europa y el resto del mundo, pero el tiene ojos solamente para Estados Unidos.
Esta retorica no es nueva. Forma parte del mismo guion político que durante décadas ha utilizado el poder en la isla: «la necesidad permanente de un enemigo externo» pero si es en Estados Unidos mejor, le sirve para explicar el descontento y las crisis internas.
Cada vez que el sistema enfrenta dificultades económicas profundas, escasez generalizada o deterioro de los servicios básicos, el discurso oficial introduce el mismo elemento: una supuesta agresión externa que justificaría todos los problemas. De esa manera, el debate se desplaza del terreno de la responsabilidad interna hacia el terreno de la confrontación política.
Pero cuando se observa la realidad cotidiana del país, la pregunta inevitable vuelve a aparecer: ¿la crisis que vive Cuba es realmente el resultado de una guerra mediática o ideológica? Porque los apagones que paralizan ciudades enteras no los provocan las redes sociales. La escasez de alimentos no la generan las campañas mediáticas. El colapso del transporte, el deterioro del sistema de salud o la emigración masiva de jóvenes no son el resultado de una guerra cultural.
Son, más bien, las consecuencias acumuladas de un modelo económico y político que durante más de seis décadas ha concentrado todo el poder en manos del Estado, eliminando la iniciativa privada, limitando la libertad económica y bloqueando cualquier posibilidad de desarrollo independiente de los ciudadanos. Cuando Díaz-Canel habla de “guerra ideológica”, en realidad está reconociendo algo que el régimen teme profundamente: «la pérdida del control del relato».
Durante décadas el Estado cubano monopolizó la información, la prensa, la educación y el debate público. Hoy, con la expansión de internet y las redes sociales, ese monopolio se ha debilitado. Los ciudadanos pueden comparar, informarse, cuestionar y, sobre todo, expresar públicamente lo que piensan. Y eso, para cualquier sistema autoritario, resulta mucho más peligroso que cualquier sanción económica.
Por eso el discurso oficial insiste en presentar las críticas internas como parte de una conspiración externa. Así, cualquier cuestionamiento al sistema puede ser etiquetado como propaganda enemiga, y cualquier ciudadano crítico es presentado como instrumento de esa supuesta guerra.
Pero la realidad es mucho más simple: los problemas que hoy se discuten en Cuba nacen dentro de Cuba. Y quienes los están señalando no son agentes extranjeros, sino jóvenes cubanos que han perdido el miedo: muchachos de El4Tico, Fuera de la Caja, Ana Sofía y tantos otros que cada día abren los ojos y se atreven a decir en voz alta lo que durante años muchos solo susurraban.
No son el resultado de una guerra cultural ni de una operación psicológica. Son el resultado de decisiones políticas tomadas durante décadas por un mismo grupo de poder.
Y cuando un gobierno necesita inventar una guerra ideológica permanente para explicar la vida cotidiana de su país, tal vez el problema no esté en la propaganda del enemigo.
Tal vez el problema esté «en el propio sistema que gobierna»