Santa Clara.- Cuando los apagones comenzaron a ser en Cuba un «problema temporal», yo aún no había nacido. Durante muchos años se habló de «temporalidad» en casi todos los renglones de la vida económica y social de la isla. La revolución es joven -decían- y hay que hacer ajustes. No se hablaba entonces de bloqueo, sino de los «rezagos del capitalismo».
Que una mujer, por ejemplo, le pegara los tarros al marido, era un rezago del capitalismo. Si el hombre le pegaba los tarros a la mujer, bueno… los hombres son los hombres y tienen que hacer su papel. Un hombre que aguantara un tarro no tenía moral para ser militante del partido, pero si tenía tres mujeres, bueno… los hombres son los hombres y tienen que hacer su papel. Nada, que me salí del tema. Cosa de los hombres.
Lo que quiero decir es que aquí, de toda la vida, han hecho parecer que los problemas comenzaron el año pasado por un ciclón, por una epidemia, por el cambio climático, por la subida del petróleo en el mercado mundial, por la temporada de lluvia, o por la temporada de sequía. Problemas temporales que pondrán a prueba, una vez más, las convicciones del pueblo. Siempre prometen que será cosa de seis meses, o hasta el año que viene que, sin dudas, será un año mejor.
Ya digo, cuando comenzaron los problemas temporales yo no había nacido. ¿Cuántas veces habré escuchado el mismo discurso a lo largo de casi sesenta años?
En Cuba nada es temporal
Si quieren saber de primera mano las causas que nos llevaron hasta aquí, busquen los documentales de Santiago Álvarez, de Enrique Colina, de Leonardo Puñal y de cualquier otro realizador de esa época. En esos materiales se habla de burocracia, de malas estrategias de distribución, de derroche, de las chapucerías (ese era el nombre noble de la corrupción), de la indolencia, de los bajos salarios, o sea, de las mismas cosas que hablamos hoy, pero que dejaron de ser temporales para volverse eternas.
Así y todo, cuando digo que en Cuba nada es temporal, algunos quieren comerme. Es increíble que la gente crea a pie juntillas que el que se queja, o critica, cualquier determinación gubernamental, sea enemigo de algo o de alguien.
Lo único verdaderamente temporal es la vida. Y me refiero a la vida de un árbol, de un ser humano, de un perro, de una hormiga o de una mariposa. Eso, simplemente, es lo primero que debe tener en cuenta alguien que quiera dedicarse a la política. Nadie, a menos que esté enfermo, quiere pasarse la vida quejándose o criticando. Nadie, a menos que esté enfermo, sacrifica generación tras generación en aras de una idea que, de tanto cambiar y acomodarse a pretensiones personales, es irreconocible como propia.
La vida humana, incluso con todos los recursos del mundo, es perecedera. No son los problemas lo que deberían ser temporales. Por amor al hombre, por dignidad y por respeto a la política virtuosa, temporales deben ser los gobiernos. Lo demás, ni siquiera tiene la belleza y utilidad de la utopía.