Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Comparte esta noticia

Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- Encontrar hoy un proveedor y aliado estratégico como lo fueron la URSS o Venezuela resulta, sencillamente, imposible. El mundo cambió: ya no existen mecenas ideológicos dispuestos a sostener economías ineficientes a cambio de lealtades políticas.

En ese tablero reducido, el único actor con capacidad real de rescate sería Washington, pero bajo un esquema radicalmente distinto: ayudas condicionadas, reformas verificables y apertura económica. Un salvavidas, sí, pero con muchas prerrogativas.

Ese es, en rigor, el único escenario que le queda al castrismo: dialogar o atrincherarse. Sin embargo, la respuesta hasta ahora ha sido persistir en el camino conocido: reforzar la capacidad represiva frente a un pueblo que protesta pacíficamente y desarmado.

El poder responde como si el tiempo no hubiera avanzado, atrapado en una lógica anacrónica, como una carreta sin ruedas hundida en un bache histórico.

El problema es que la ecuación ya no cierra. A mayor devastación económica, mayor probabilidad de estallidos sociales. Y la represión, lejos de disuadir, acelera el desgaste. Pretender una salida al estilo de Irán, donde el Estado aplasta sin miramientos la protesta interna, no solo es moralmente insostenible: es estratégicamente inviable.

En el caso cubano, una respuesta de fuerza desmedida abriría la puerta a una intervención humanitaria más cercana y, además, convenientemente justificada ante la comunidad internacional.

La pregunta, entonces, no es retórica. Es de supervivencia política: ¿cerrarse aún más o abrir un canal de negociación real?

Aferrarse a la represión puede comprar tiempo, pero cada día encarece la factura. Dialogar implica ceder, reformar y aceptar reglas nuevas; atrincherarse garantiza aislamiento, empobrecimiento y un desenlace cada vez más abrupto. El reloj corre. Y, esta vez, no hay aliado que llegue a tiempo para darle cuerda.

Deja un comentario