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Solidaridad en tarima y miseria a oscuras

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Por Oscar Durán

La Habana.- Según Gerardo Hernández, un concierto multitudinario de Charly y Johayron en el llamado “Club 500” de La Habana sirvió para recaudar fondos destinados —supuestamente— a las provincias afectadas por el huracán Melissa.

La noticia, que en cualquier otro contexto podría parecer una sátira de mal gusto, fue presentada como un gesto solidario en medio de una catástrofe. El problema no es el concierto, ni siquiera los artistas, sino la hipocresía estructural que envuelve el relato oficial.

Resulta llamativo cómo los mismos que durante años han demonizado, censurado y ninguneado al reguetón cubano, hoy se apresuran a elogiar a sus exponentes cuando el dinero entra por la» puerta correcta». El régimen, que jamás ha tenido reparos en reprimir expresiones culturales incómodas, ahora convierte un show musical en un acto casi épico, como si eso alcanzara para maquillar la precariedad absoluta en la que vive el país.

Mientras en el “Club 500” se montaba el circo, muchos barrios de La Habana pasaron la noche sin electricidad. Niños sin poder dormir por los mosquitos, ancianos asfixiados por el calor y familias enteras sobreviviendo a oscuras, todo para garantizar que el espectáculo no se detuviera. La solidaridad, una vez más, se administra desde arriba, sin transparencia y con una puesta en escena cuidadosamente diseñada para la propaganda.

¿A dónde va realmente ese dinero?

La pregunta clave sigue siendo la misma de siempre: ¿a dónde va realmente ese dinero? La experiencia indica que los fondos “recaudados para el pueblo” rara vez llegan completos —o siquiera llegan— a quienes más lo necesitan. La desconfianza no es gratuita; es el resultado de décadas viendo cómo las desgracias colectivas terminan financiando los privilegios de una élite dirigente completamente desconectada de la realidad.

Ojalá, por una vez, esos recursos lleguen a las provincias golpeadas por el huracán y no se pierdan en el laberinto de la corrupción y el oportunismo político. Pero el escepticismo es inevitable. Algún día esta dictadura caerá, y será entonces cuando el pueblo pase factura. No con conciertos ni discursos huecos, sino con memoria. Y la memoria, en Cuba, no perdona.

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