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Por Albert Fonse ()

Vancouver.- La capacidad que tiene Estados Unidos en estos momentos en el Caribe es suficiente para operaciones militares limitadas de alta precisión. No se trata de una fuerza de ocupación, sino de un despliegue diseñado para golpear rápido. En la zona operan buques como el USS Iwo Jima, un buque de asalto anfibio capaz de transportar más de 2,000 marines, helicópteros de ataque y aeronaves de despegue corto como los F-35B. A esto se suman plataformas como el USS San Antonio y el USS Fort Lauderdale, diseñadas para mover tropas, vehículos y ejecutar desembarcos rápidos. En el componente ofensivo, destructores como el USS Truxtun aportan misiles Tomahawk de ataque a tierra, defensa aérea avanzada y capacidad de guerra electrónica. Esta combinación permite proyectar fuerza sin necesidad de ocupar territorio.

A nivel geográfico, Estados Unidos no depende solo de los buques. Tiene profundidad estratégica desde el Golfo de México, con bases en Texas, Luisiana, Alabama y Florida, además de puntos clave como Puerto Rico y Guantánamo. Eso significa que la aviación, inteligencia, drones y fuerzas especiales pueden integrarse en cuestión de horas. No es un despliegue improvisado, es una arquitectura lista para activarse.

El elemento que falta en este momento es un portaaviones en el Caribe. El USS Nimitz se encuentra en el Pacífico y, por su tamaño, no puede cruzar el Canal de Panamá. Eso limita la capacidad de lanzar grandes volúmenes de aviación embarcada directamente desde la región. Sin embargo, no elimina la capacidad operativa, simplemente la define: lo que existe ahora no es para una guerra prolongada, es para una acción rápida, quirúrgica y controlada.

Aquí entra el factor Panamá. El destructor USS Gridley, que acompaña al grupo en el Pacífico, sí puede cruzar el Canal. Ese tránsito tomaría pocos días. Su incorporación aumentaría la capacidad de ataque con misiles de precisión, defensa aérea y control del espacio marítimo. No cambia la naturaleza de la operación, pero la refuerza, la hace más contundente y con mayor cobertura.

Con este cuadro, la conclusión es directa. Si la administración de Donald Trump ordenara una operación militar contra Cuba con los medios actuales en la región, no estaríamos hablando de una invasión. Estaríamos hablando de una operación limitada, rápida y de objetivos definidos. Acciones como neutralización de instalaciones específicas, eliminación de capacidades militares puntuales, ataques de precisión o captura de objetivos estratégicos. Operaciones diseñadas para ejecutarse en horas, no en semanas.

Desde el punto de vista legal, esto encaja dentro de la War Powers Resolution. Esa ley permite al presidente desplegar fuerzas militares sin autorización previa del Congreso, siempre que notifique en un plazo de 48 horas. En la práctica, eso abre la puerta a operaciones de corta duración, donde el factor sorpresa y la rapidez son clave. Una ventana operativa de menos de 24 horas encaja perfectamente dentro de ese marco.

El resultado final es claro. La capacidad actual de Estados Unidos en el Caribe no está diseñada para ocupar Cuba, pero sí es suficiente para ejecutar una operación militar directa, intensa y breve. Una operación de golpe, con objetivos seleccionados, ejecutada con precisión y terminada antes de que exista margen político o militar para una respuesta organizada. Esa es la dimensión real de la fuerza que hoy está desplegada en la región.

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