Sí. O no. No sé

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Por Renay Chinea ()

Hace unas noches yo estaba soñando con ella. Era de esos sueños en que también soñaba que estaba soñando con ella. Y uno dice: bah… no está ahí. Es un sueño. Pero… ¿y si no es un sueño? Quizás esté ahí.

Y la sentía echada a mis pies mientras yo dormía. Porque en noches de invierno, ella viene… o no viene… despacito… caminando como si fuera sobre motas de algodón… como mismo llega el hambre… o los celos… o la desconfianza. Llega y tú no sabes nada.

Tú estás dormido y comienzas a soñar que estás soñando, y que ese sueño ya lo has soñado antes… Como ese celo que ya has celado antes y, por tanto, no volverás a celar. Esa desconfianza que, como ya has desconfiado antes, no tienes que volver a desconfiar.

Y así los planos del tiempo se solapan, se pierden unos sobre otros, se mezclan, de modo que a lo mejor ella no está… o sí está allí… y tú sigues soñando con que puede ser que estés soñando… y así, y así.

Pero una noche de frío, hace poco, estuve seguro de que ella estaba o había estado allí.

Otra vez yo, como siempre, estaba entre soñando y no soñando; con ella y sin ella; con que estaba pero no estaba… y entonces: cuatro alfileres muy finos se clavaron en mi pie.

—¡Diablos!…

Me alcé como un resorte. Como si hiciera una flexión abdominal sobre un banco de gimnasio. Me busqué debajo del tobillo, donde sentí sus finísimos dientes. Los sentí clavados en mi piel.

Y nada.

Hacía frío. Y la punta del pie se me había quedado fuera del edredón. Estaba helado.

Encendí la luz del iPhone y me dije: déjame subir un poco la calefacción. Y empecé a pensar si en verdad estaba yo subiendo o no subiendo la calefacción.

Lo malo de que ella esté allí es que, sin querer, la vayas a pisar mientras duermes. Porque entonces ella te clava sus colmillos y se va.

Lo bueno de que esté —como ahora, en que me he despertado— es que en la entreluz le ves sus ojos atigrados. Dos topacios en medio de la noche.

Y ella, acurrucada, viva… se despereza… y comienza a caminar sobre tu pecho, sobre cuatro motitas de algodón.

Y se acurruca y comienza a ronronear repleta de felicidad.

Y tú te quedas quieto, para no asustarla.

Y te quedas dormido, pensando en que si es un sueño o no es un sueño… en que si está o no está.

Y así comienzas a soñar y a no soñar.

Qué sé yo.

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