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Por Oscar Durán

La Habana.- Cada 15 de marzo el oficialismo desempolva la Protesta de Baraguá como si fuera una reliquia moral. Miguel Díaz-Canel vuelve a citar a Antonio Maceo y su famoso “no nos entendemos”, como si la frase fuera un escudo eterno que justifica cualquier discurso de dignidad revolucionaria.

El Puesto a Dedo escribe en sus redes que ese legado nos acompañará siempre, que Baraguá representa la intransigencia frente a un pacto sin independencia. Todo muy bonito en el papel. El problema empieza cuando uno baja del pedestal de la historia y pisa la realidad de la Cuba de hoy.

Si algo abunda en el discurso del poder cubano es la palabra dignidad. Dignidad para resistir, dignidad para aguantar, dignidad para vivir con lo mínimo. Llevamos más de seis décadas escuchando el mismo sermón: el cubano puede no tener comida, electricidad o medicinas, pero tiene dignidad. Y así hemos ido sobreviviendo, como si la dignidad fuera una moneda que se cambia en la bodega por arroz o aceite. El gobierno insiste en que ese espíritu de Baraguá sigue vivo, aunque el país entero esté sumido en una crisis que no tiene precedentes.

Sin embargo, hay una contradicción enorme en todo este relato épico. Mientras se invoca a Maceo y su “no nos entendemos”, el propio sistema cubano intenta entenderse con Donald Trump. Cuando hace falta remesas, turismo, inversiones o flexibilización de sanciones, el tono cambia y la intransigencia desaparece como por arte de magia. Entonces el discurso deja de ser Baraguá y pasa a ser negociación, pragmatismo y diplomacia silenciosa.

Ahí es donde el relato oficial empieza a hacer agua. No se puede vivir eternamente citando a los héroes del siglo XIX mientras se gobierna con los fracasos del siglo XXI. Maceo rechazó un pacto sin independencia; los cubanos de hoy rechazan un país sin futuro. Y eso no se resuelve con frases históricas ni con hashtags patrióticos en redes sociales.

Baraguá fue un acto de dignidad real, de hombres que estaban dispuestos a pelear por una nación libre. Usarlo ahora como consigna política, mientras millones de cubanos sobreviven entre apagones, inflación y emigración masiva, termina convirtiendo la historia en propaganda. Y la dignidad, cuando se usa demasiado como excusa, deja de ser virtud para convertirse en consuelo. Un consuelo que, a estas alturas, ya no alcanza para sostener un país entero.

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