‘She’s a Rainbow’, uno entre tantos clásicos donde el reguetón no puede llegar

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Por Carlos Carballido ()

Dallas.- La modernidad olvidó hacer música perdurable en el tiempo y en el alma. Y esta certeza me la ha vuelto a recordar uno de los tantos éxitos de The Rolling Stones que apareció —desempolvado— en mi extensa playlist.

Se trata de “She’s a Rainbow”, un tema incluido en el álbum Their Satanic Majesties Request, publicado en diciembre de 1967, en plena fiebre psicodélica y a pocos meses de Sgt. Pepper’s. Una pieza que, misteriosamente, brilla como una esmeralda disonante entre tanto caos, apologías a la droga y desorden en los estudios de grabación.

Recuerdo haberla escuchado en mi adolescencia, cuando mi generación aprendía ruso o portugués en vez de inglés. Los sentidos que transmitía eran confusos: letra y melodía no parecían empujar el alma hacia el mismo lugar.

Era la época en la que había que ser talento para triunfar y virtuoso en lo que hacías para trascender. “She’s a Rainbow” lo confirma más de cincuenta años después de haber sido grabada.

Es una de las pocas canciones abiertamente amorosas del tándem Jagger/Richards en esos años, un canto limpio dedicado a una persona “especial”, casi sobrenatural. La letra es clara y luminosa, pero la base melódica provoca una melancolía suave, una nostalgia que convierte la canción en una rara incongruencia musical.

El tema arranca con un motivo de piano ascendente del casi desconocido Nicky Hopkins, que se repite como leitmotiv y le da ese aire de carrusel o caja de música. A mi modo de oír, es esa línea de piano la que arrastra la memoria hacia atrás, con una tristeza que no hace ruido pero se queda.

Poco típico de los Stones, aquí la música no es puro optimismo: el tema va “parando y arrancando”, con giros, texturas extrañas y ese final de cuerdas raspadas y ruidos que introduce una sensación de inquietud, como si el arcoíris empezara a deshacerse al final de la tarde.

La voz de Jagger sigue la línea del piano, fraseando por encima, pero el peso melódico y emocional está en las teclas; por eso muchos analistas hablan de “una canción de piano con banda alrededor”.

La guitarra queda relegada a un rol rítmico y de textura, algo muy inusual en los Stones, lo que refuerza la sensación de que la melodía se conduce desde el teclado.

Las cuerdas arregladas por John Paul Jones entran a doblar o responder al piano y a la voz, subrayando ciertos fragmentos. No proponen un tema independiente: amplifican y colorean la melodía ya trazada, la edulcoran y luego la empujan hacia un cierre extraño, casi onírico.

Y es aquí donde aquellos que creen que el reguetón puede sobrevivir al paso del tiempo se equivocan. Antaño se hacía música para perdurar; hoy, demasiadas veces, se hace música para morir rápido.

“She’s a Rainbow” es la prueba. Una letra simple sostenida por una base musical igualmente simple que, sin embargo, puede hacer un nudo en la garganta de cualquiera que aún sea un nostálgico de esos tiempos en los que una mujer con un vestido de colores y una sola sonrisa podía robarnos el corazón para siempre.

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