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Sandro Castro, un villano en una familia de ‘héroes’, o viceversa

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Sandro Castro, el nieto díscolo de Fidel, es como ese personaje de telenovela que no sabes si odiar o compadecer: a veces se burla de los cubanos que hacen cola para un pollo, otras veces suelta verdades que hieren más que un discurso de Díaz-Canel, y siempre, siempre, parece estar jugando un juego que solo él conoce las reglas.

Sandrito, como lo llama su abuela -la ex de Fidel Castro- es el enfant terrible de una familia que ya de por sí era terrible, el chico malo en un país donde se supone que todos deben ser héroes o mártires, pero nunca humanos.

Hace unas horas contó que, siendo menor de edad, hizo sociedad con un italiano para abrir un restaurante. Y uno se queda mirando al techo, preguntándose: ¿qué otro niño en Cuba, que no lleve el apellido Castro, podría soñar siquiera con tocarle la puerta a un empresario extranjero y decir «vamos a hacer negocio»?

Mientras los demás adolescentes hacían cola para la libreta de abastecimiento o se iban en balsa, Sandro firmaba contratos y posaba como emprendedor. La meritocracia, en su caso, se llama apellido.

Hay días en que Sandro parece el único Castro con sentido del humor, aunque sea negro. Se ríe de la miseria, pero también de la burocracia; pone en evidencia lo absurdo de un sistema que su abuelo construyó y que ahora su tío político mantiene a duras penas.

Es como si llevara dentro la maldición de saber que todo es una farsa, pero no tener el poder—ni las ganas—para cambiarlo. Solo para señalarlo, como un niño que grita que el rey está desnudo mientras los demás siguen aplaudiendo.

Una rebeldía de mentira

Pero no nos engañemos: su rebeldía es de mentira, o al menos de privilegio. Porque cuando un cubano cualquiera dice la mitad de lo que él dice, termina en un calabozo o en el exilio.

Sandro puede permitirse el lujo de ser incómodo, de ser «auténtico», porque detrás de él está el peso de un apellido que en Cuba funciona como escudo y como espada. Lo suyo no es valentía, es impunidad disfrazada de sinceridad.

Y sin embargo, hay algo casi trágico en su personaje: es el nieto de un hombre que quiso borrar las diferencias de clase, pero que terminó creando una casta. Sandro es la prueba viviente de que, en Cuba, algunos animales son más iguales que otros.

Sandrito pudo haber sido un ciudadano más, pero nació en el Olimpo revolucionario, y ahora está condenado a ser un bufón con pasaporte diplomático, un crítico que no paga consecuencias, un rebelde con causa propia pero sin causa alguna.

Al final, Sandro Castro es el espejo roto de una revolución que ya no sabe ni lo que es. Es el chiste que solo los Castro pueden contar, la paradoja de un apellido que da todo y lo quita todo. No es héroe, no es villano, es simplemente el síntoma de un país donde el apellido todavía decide quién puede comer, quién puede hablar y quién puede reírse de todos los demás. Y él, por ahora, sigue riéndose.

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