Por Oscar Durán
La Habana.- El Sábado de Resurrección se va apagando en Cuba como casi todo en este país: sin gloria, sin milagros y con demasiada tristeza acumulada. Al lado de mi casa, por ejemplo, los jimaguas de doce años han pasado el día entero escuchando la misma canción a todo volumen. Una de esas letras que uno termina aprendiendo por pura tortura auditiva: “¿Con qué derecho me hiciste el sexo? ¿Cómo tú vas a singarme tan rico así, mami, qué has hecho? Tú pensarás que yo tengo una pila contigo, estoy preso. Dile al ganado que yo ando como tiburón al acecho… ¿Conmigo, qué has hecho?”. Después de oírla unas treinta veces, ya casi me la sé completa. Y también tengo ganas de vomitar.
En la esquina, el barbero de la cuadra no abrió hoy. No fue por descanso religioso ni por respeto a la fecha. Simplemente se emborrachó el viernes santo y todavía anda en combate con la resaca. Su sillón vacío, con la capa colgando en el respaldo, parece una metáfora perfecta de este país: todo detenido, todo esperando que alguien se levante y haga algo.
El presidente del CDR, por su parte, está sentado desde la mañana en el portal de su casa. No está vigilando la cuadra ni organizando guardias revolucionarias. Está esperando a un muchacho que viene a traerle 100 dólares que le mandó su hijo desde el extranjero. Los mira en su mente una y otra vez, como si fueran una aparición celestial. En la Cuba de hoy, cien dólares resucitan más esperanzas que cualquier sermón.
Mientras tanto, Lidia, la Delegada del barrio, no tiene tiempo para discursos ni reuniones. Está lavando ropa en el río porque hace 27 días que no llega el agua por la tubería. Veintisiete días. En cualquier país normal eso sería un escándalo nacional. Aquí es simplemente otro número que se suma a la larga lista de cosas rotas.
Luisito, el mipymero del barrio, también anda en lo suyo. Hoy publicó en un grupo de Revolico que está comprando una máquina de contar dinero, “al precio que sea necesario”. Nadie pregunta demasiado. En Cuba el que logra tener dinero aprende rápido que lo primero es contar bien los billetes. No vaya a ser que el milagro dure poco.
Dentro de mi casa la escena es más sencilla y más dura. Mi hijo, cada una hora, me dice que tiene hambre. Lo dice sin dramatismo, como dicen los niños las cosas importantes. Y yo, que debería tener una respuesta para eso, me quedo en silencio buscando alguna explicación que no existe.
Así se nos fue este Sábado de Resurrección. Sin resurrección. Con música vulgar repitiéndose en la cuadra, con borrachos durmiendo la rasca, con dirigentes esperando remesas, con delegadas lavando en el río y con emprendedores comprando máquinas para contar dinero en un país donde casi nadie tiene nada.
Estamos lejos, muy lejos, de cualquier resurrección como pueblo. Y mientras tanto, muchos aquí —con más resignación que esperanza— miran hacia el norte, esperando a que algo cambie allá, esperando a Donald Trump como quien espera un milagro político. Qué pena, Dios mío. Qué pena tan grande.
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