Por Jorge Sotero ()
La Habana.- El vice primer ministro ruso, Dmitri Chernishenko, acaba de soltar en San Petersburgo la frase que muchos esperaban escuchar en la comisión intergubernamental que se celebra en aquella hermosa ciudad: Rusia espera reanudar completamente los vuelos a Cuba tan pronto como se estabilice la situación del combustible en la isla.
Palabras bonitas, declaraciones de alto nivel, un guiño a la hermandad que tanto gusta en La Habana. Pero la letra pequeña, la que no se lee en los discursos oficiales, es que la reanudación de los vuelos no depende solo de la buena voluntad de Moscú. Depende de algo mucho más prosaico y mucho más esquivo: que el combustible llegue. Y hasta ahora, solo ha entrado un barco.
Ese barco, el petrolero Anatoly Kolodkin, arribó a Cuba hace unos días con lo que Moscú llamó «ayuda humanitaria». Un barco. Un solo barco. Después de semanas de bloqueo, de apagones, de una economía paralizada, de turistas varados y aerolíneas huyendo, Rusia ha enviado un barco. Y con ese gesto, el gobierno cubano ha podido respirar un poco, pero no lo suficiente para levantar el vuelo. Porque la ayuda humanitaria rusa, por muy humanitaria que sea, no es una línea de suministro estable.
No es el flujo constante de crudo que Cuba necesita para reactivar sus centrales eléctricas, sus transportes, sus hoteles. Es un parche. Un parche que Moscú presenta como solidaridad, pero que en realidad es una dosis justa para que el régimen no colapse del todo mientras se negocia el fin de la guerra en Ucrania.
Washington también tiene cartas
La declaración de Chernishenko tiene, por tanto, un aroma agridulce. Por un lado, el compromiso político de reanudar los vuelos «en su totalidad». Por otro, la condición implícita: que se estabilice la situación del combustible. Pero la situación del combustible, en Cuba, no depende de Rusia. Depende de Washington. Porque la orden ejecutiva de Trump del 29 de enero ha convertido cualquier envío de combustible a la isla en un acto de alto riesgo geopolítico.
Los aranceles, las sanciones secundarias, la presión sobre los bancos que operan con Cuba, todo está diseñado para que nadie se atreva a mandar petróleo a gran escala. Y Moscú, que tiene sus propios intereses en Ucrania, no va a arriesgar una negociación clave por mantener a flote la economía cubana.
Lo que no dice Chernishenko, pero lo que todos los analistas saben, es que la reanudación de los vuelos podría demorarse mucho más de lo que piensan en Moscú. Porque el flujo de combustible no se va a normalizar mientras Washington mantenga su presión.
Y Washington, con Trump en la Casa Blanca, no va a levantar el pie del acelerador. El mensaje es claro: Cuba tiene que cambiar, y el cambio no va a venir con parches de combustible ruso. Va a venir con una transición que los Castro no están dispuestos a negociar.
Tan pronto… ¿cuándo?
Mientras tanto, Óscar Pérez-Oliva Fraga, el vice primer ministro cubano que participa en la comisión intergubernamental -al frente de la misma-, escucha estas declaraciones con una mezcla de esperanza y desesperación. Sabe que Rusia es el único aliado que le queda, que sin el petróleo ruso el régimen se asfixia, pero también sabe que Moscú no va a sacrificar sus intereses estratégicos por mantener a flote una dictadura que ya no tiene futuro.
Por eso la frase de Chernishenko es tan significativa: «Confiamos en que, tan pronto como se estabilice la situación con el combustible en Cuba, reanudaremos los vuelos». La clave está en el «tan pronto como». Porque ese «tan pronto como» puede ser mañana, puede ser dentro de un año, o puede que nunca llegue.
Al final, lo que queda claro es que la reanudación de los vuelos entre Rusia y Cuba no es un problema técnico. Es un problema político. Y la política, en este momento, no juega a favor de La Habana. Moscú necesita cerrar su frente ucraniano, necesita aliviar las sanciones, necesita un acuerdo con Washington. Y en ese tablero, Cuba es una ficha que puede ser sacrificada.
Los vuelos volverán cuando la Casa Blanca lo permita. Ni antes. Ni después. Y mientras tanto, los turistas rusos seguirán en casa, los hoteles cubanos seguirán vacíos, y el régimen seguirá esperando un milagro que no llega. El milagro, si es que alguna vez llega, no se llamará Chernishenko. Se llamará Trump. O se llamará libertad. Pero eso, claro, es otra historia.
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