Por Irma Lidia Broek ()
Colonia.- Cuba no puede pagar a Rusia ni en dólares ni en rublos. La deuda soviética fue perdonada casi en su totalidad en 2014, y el remanente sigue siendo reestructurado y postergado hasta 2040. Entonces, ¿cómo «agradece» La Habana? No es con dinero. Es con geopolítica pura.
Rusia no invierte en Cuba por caridad ni por ideología comunista del siglo pasado. Lo hace porque mantener viva la dictadura cubana le da un punto de apoyo estratégico a solo 145 kilómetros de Florida, el clásico «patio trasero» de Estados Unidos.
La histórica estación de espionaje de Lourdes, oficialmente cerrada en 2001, sigue siendo un tema recurrente. Existen rumores permanentes y preocupación real en Washington sobre la posibilidad de que Rusia la reactive o amplíe su presencia de inteligencia electrónica. Con la complicidad del régimen, Moscú ya tiene ojos y oídos cerca de los misiles, los submarinos y las comunicaciones estadounidenses.
En resumen: el presidente ruso, Vladimir Putin, no necesita que Cuba le pague la deuda. Le basta con que el régimen se mantenga en pie. Mientras Miguel Díaz-Canel y los suyos sigan en el poder, Rusia tiene un enclave anti Estados Unidos en el Caribe, inteligencia cerca de la costa americana y la imagen de que «el imperio sigue resistiendo».
Todo lo demás —el petróleo que acaba de llegar con el buque Anatoly Kolodkin, las inversiones prometidas, la reestructuración eterna de la deuda— es el precio que Moscú paga gustoso para conservar ese peón geopolítico.
No es solidaridad. Es pura estrategia de poder. La dictadura cubana sabe que mientras sea útil a Rusia, seguirá recibiendo el salvavidas que necesita para no hundirse del todo. Mientras tanto, los cubanos continúan esperando el milagro de Donald Trump y Marco Rubio.
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