La risa sardónica: cuando los viejos se iban riendo (pero no de gusto)

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Por Rafa Junco

Madrid.- Cerdeña guarda una de esas historias que ponen los pelos de punta, pero de las buenas, de las que te quedas mirando el techo antes de dormir. La tradición decía que los ancianos, cuando ya no servían ni para estorbar, eran despedidos a golpe de rito brutal. Nada de velitas ni de te quiero mucho. Cuesta, miedo y supervivencia: si eres viejo y estorbas, te toca irte. Los autores antiguos lo contaron, y la isla se quedó con esa fama de duritos que no se andan con tonterías.

Pero el detalle macabro no es que los mataran. Eso, desgraciadamente, ha pasado siempre en todas partes. Lo jodido es cómo se iban. Porque según cuentan, los ancianos no partían llorando ni pataleando. Partían riendo. Sí, leyó bien: riendo. Como si fuera una fiesta, como si les hubiera tocado la lotería del más allá. Y ahí es donde la historia se tuerce y se vuelve incómoda de verdad.

Hay dos versiones, y las dos son igual de inquietantes. Una dice que los que acompañaban al viejo en su último paseo reían a carcajadas, para disimular, para hacer el rito más llevadero, vaya usted a saber. La otra es más retorcida: les daban una planta tóxica que deformaba la cara en una mueca parecida a una sonrisa. Así que el pobre anciano se iba al otro barrio con la cara partida en dos como si le acabaran de contar un chiste malo. De ahí nació lo de la «risa sardónica»: una sonrisa que no es sonrisa, sino un espasmo de la muerte.

Cuando los viejos eran una molestia

Y esa es la imagen que te persigue: un viejo, flaco, cansado, empujado hacia el precipicio o hacia la cicuta, con la cara congelada en un rictus de felicidad forzada. Porque la sociedad de entonces decidió que la vejez era una molestia, que la dependencia daba vergüenza, y que la despedida tenía que ser tan dura que hasta la alegría se volviera siniestra. Vamos, como echar a tu perro viejo con una palmada en el lomo y una sonrisa falsa.

Esta historia impresiona no por lo violenta —que lo es—, sino porque nos retrata. Porque el ser humano, cuando no sabe qué hacer con los que ya no producen, siempre ha tenido una creatividad maldita para inventar rituales. Unos las llaman tradiciones, otros supervivencia, otros directamente barbarie. Pero todos, en el fondo, sabemos que la risa sardónica no es solo cosa de sardeños antiguos. Es la sonrisa que ponemos cuando no queremos mirar de frente lo que estamos haciendo.

Así que ya sabe: si algún día le cuentan la historia de los ancianos que se iban riendo en Cerdeña, no se la tome a broma. Porque esa risa no era de gusto. Era veneno, era miedo, era una sociedad que convertía la vejez en un problema de logística. Y lo más terrorífico de todo no es que existiera hace siglos. Es que, de una forma u otra, la risa sardónica sigue viva. Solo que ahora no usamos plantas. Usamos silencios, asilos y miradas que apartamos rápido. La sonrisa sigue ahí, forzada, siniestra, esperando.

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